-Mira detenidamente este abismo que nos separa. Préstale toda tu atención y no te distraigas, que te conozco tanto como a mí mismo. Debes reconocer que es una profundidad infinita y horrible, ¿eh? Debe saber fatal... No, no me mires aunque te hable, tú limítate a seguir mis órdenes.Concéntrate en no volver a caer hasta que encuentre la forma de reunirnos para que podamos seguir juntos en este basurero social y así poder sobrevivir... que si encuentras tú la solución, yo encantado, pero eres tan idiota que dudo que lo hagas.
Soy un tío que cuando se aburre o está fumado/borracho al llegar a casa escribe todo lo que se le pasa por la cabeza y lo acaba colgando aquí para que lo lean los colgados que están peor que yo. Y si estáis peor que yo, os amo más que al resto de la humanidad, porque significa que estáis más vivos. ¡Sígueme en Twitter! @DavidSlap
miércoles, 6 de noviembre de 2013
miércoles, 23 de octubre de 2013
Untitled 01
Me daba miedo asomarme a mi garganta
y ver reflejado, al fondo del precipicio
el pozo de los besos que pudieron ser,
seco.
Está usted hoy en la boca del estómago
con ojos ambarinos y sonriendo
ebria de orgullo y placer,
pero la desidia le cose los labios.
y ver reflejado, al fondo del precipicio
el pozo de los besos que pudieron ser,
seco.
Está usted hoy en la boca del estómago
con ojos ambarinos y sonriendo
ebria de orgullo y placer,
pero la desidia le cose los labios.
miércoles, 25 de septiembre de 2013
De las cartas perdidas en un cajón, nº1
Una de las cartas que escribí hace poco para mí mismo:
viernes, 13 de septiembre de 2013
Lienzo y Tinta
El Lienzo grabó en sí mismo todo lo que tenía valor o era obligatoriamente necesario llevar, y se fue de viaje.
Aún sentía el escozor de la aguja en la nuca dibujando una migraña que auguraba ser crónica. Un viejo reloj de pared sin manecillas pero con mucha experiencia se había anclado a su colección de relatos que contar al calor de una pobre hoguera. Cuando El Lienzo hablaba con el reloj, éste se jactaba de existir por encima de cualquier cosa y con suma prepotencia sentenciaba su inmortalidad a todos los presentes, gritándoles con su monótono tic-tac que los juzgaría por sus actos y por ello los pondría en su lugar. Ante esas palabras todo el que vivió en el mundo del progreso decadente se encogía, temeroso, ante tal sentencia.
Pero el pobre reloj nunca supo que estaba atrasado, exactamente, una vida, y sus predicciones nunca acertaron, dejando en palabras vanas todo lo malamente presagiado a aquella pobre gente.
En la espalda de El Lienzo volaba un águila imperial. Ésta iba y venía entre los omóplatos y anidaba en las vértebras, según le decían las vibraciones de cada pulsación. Era fuerte y grande, dorada como la mañana, y su voluntad jamás se quebró ante ningún otro ser, fuese incluso la Muerte quien amenazaba con atacar. Pero nadie es perfecto, y ésta pobre águila, cuya razón de existir era la de alimentarse del humilde fruto que crecía en su nido, volaba con las alas agujereadas, pues siempre que intentaba acercarse al pecho se encontraba con las flechas que protegían al corazón, demasiado afiladas como para esquivarlas con un cuerpo tan grande. Y el Águila pasó el resto de su existencia amando a un corazón que jamás tocó al estar este atrapado entre barrotes naturales.
Ambos brazos se hallaban encadenados. El derecho rodeado por la lengua espinada de una calavera pirata que lo ataba a su más inmortal libertad física. Por otro lado, el brazo izquierdo estaba rodeado por versos prohibidos que jamás se leerán, nacidos del Aum budista, que buscaba liberar al corazón de El Lienzo espiritualmente.
Cada pantorrilla de El Lienzo estaba decorada con un sistema de movimiento perfectamente seguro a la razón humana, pues aseguraba toda una vida de estabilidad y fuerza descomunal con la que sortear cada obstáculo. Años de arrastrase, caminar, saltar y correr habían curtido esa gran maquinaria que corría por venas y músculos. Pero el grave problema residía en el hecho de que ambas pantorrillas eran demasiado inteligentes y competitivas entre sí como para ponerse de acuerdo y ambas creían llevar razón, y cuando se encontraban ante una encrucijada de caminos, no sabían por cual ir, dudaban la una de la otra y con ello lo único que conseguían era debilitarse.
Era todo su cuerpo un río de tinta a esas alturas del viaje: Veía en su pecho cómo corría la silueta de una Diosa que todo lo sufría y odiaba, pues esa era su naturaleza. Dicha deidad odiaba, especialmente, a la Luna, porque siempre que quedaban para callejear por el estómago, ésta siempre llegaba tarde, si es que se dignaba a presentarse. Y la diosa rasgaba la garganta para hacerse notar entre las inseguridades y la ceniza de aquel cuerpo maltratado por el mar de la duda. Una y otra vez, hasta que se diluía completamente junto a sus cuerdas vocales en una historia de amor caducado que nunca llegó a puerto alguno.
Al final del viaje, El Lienzo se liberó de todo lo vivo en este mundo y dejó un cadáver precioso, cuyo motivo fue alimentar de arte y carne a la tierra. Y sólo se llevó uno de esos dibujos de tinta como recuerdo. Pero eso es algo que no podremos saber nunca, pues aún no es nuestro momento y las puertas siguen cerradas.
Aún sentía el escozor de la aguja en la nuca dibujando una migraña que auguraba ser crónica. Un viejo reloj de pared sin manecillas pero con mucha experiencia se había anclado a su colección de relatos que contar al calor de una pobre hoguera. Cuando El Lienzo hablaba con el reloj, éste se jactaba de existir por encima de cualquier cosa y con suma prepotencia sentenciaba su inmortalidad a todos los presentes, gritándoles con su monótono tic-tac que los juzgaría por sus actos y por ello los pondría en su lugar. Ante esas palabras todo el que vivió en el mundo del progreso decadente se encogía, temeroso, ante tal sentencia.
Pero el pobre reloj nunca supo que estaba atrasado, exactamente, una vida, y sus predicciones nunca acertaron, dejando en palabras vanas todo lo malamente presagiado a aquella pobre gente.
En la espalda de El Lienzo volaba un águila imperial. Ésta iba y venía entre los omóplatos y anidaba en las vértebras, según le decían las vibraciones de cada pulsación. Era fuerte y grande, dorada como la mañana, y su voluntad jamás se quebró ante ningún otro ser, fuese incluso la Muerte quien amenazaba con atacar. Pero nadie es perfecto, y ésta pobre águila, cuya razón de existir era la de alimentarse del humilde fruto que crecía en su nido, volaba con las alas agujereadas, pues siempre que intentaba acercarse al pecho se encontraba con las flechas que protegían al corazón, demasiado afiladas como para esquivarlas con un cuerpo tan grande. Y el Águila pasó el resto de su existencia amando a un corazón que jamás tocó al estar este atrapado entre barrotes naturales.
Ambos brazos se hallaban encadenados. El derecho rodeado por la lengua espinada de una calavera pirata que lo ataba a su más inmortal libertad física. Por otro lado, el brazo izquierdo estaba rodeado por versos prohibidos que jamás se leerán, nacidos del Aum budista, que buscaba liberar al corazón de El Lienzo espiritualmente.
Cada pantorrilla de El Lienzo estaba decorada con un sistema de movimiento perfectamente seguro a la razón humana, pues aseguraba toda una vida de estabilidad y fuerza descomunal con la que sortear cada obstáculo. Años de arrastrase, caminar, saltar y correr habían curtido esa gran maquinaria que corría por venas y músculos. Pero el grave problema residía en el hecho de que ambas pantorrillas eran demasiado inteligentes y competitivas entre sí como para ponerse de acuerdo y ambas creían llevar razón, y cuando se encontraban ante una encrucijada de caminos, no sabían por cual ir, dudaban la una de la otra y con ello lo único que conseguían era debilitarse.
Era todo su cuerpo un río de tinta a esas alturas del viaje: Veía en su pecho cómo corría la silueta de una Diosa que todo lo sufría y odiaba, pues esa era su naturaleza. Dicha deidad odiaba, especialmente, a la Luna, porque siempre que quedaban para callejear por el estómago, ésta siempre llegaba tarde, si es que se dignaba a presentarse. Y la diosa rasgaba la garganta para hacerse notar entre las inseguridades y la ceniza de aquel cuerpo maltratado por el mar de la duda. Una y otra vez, hasta que se diluía completamente junto a sus cuerdas vocales en una historia de amor caducado que nunca llegó a puerto alguno.
Al final del viaje, El Lienzo se liberó de todo lo vivo en este mundo y dejó un cadáver precioso, cuyo motivo fue alimentar de arte y carne a la tierra. Y sólo se llevó uno de esos dibujos de tinta como recuerdo. Pero eso es algo que no podremos saber nunca, pues aún no es nuestro momento y las puertas siguen cerradas.
martes, 27 de agosto de 2013
Sin fronteras.
Pues llevo ya unos días queriendo subir este texto, pero entre la falta de tiempo y el olvido se ha ido pasando. Lo escribí cuando pasé unos días en la playa, recién salido del agua, al ver la resaca de una ola que me pareció que el agua volvía al mar a una velocidad asombrosa, como queriendo volver a con total desesperación. luego entendía que lo que el agua quería realmente era volver a ser una ola para lanzarse contra la arena por toda la eternidad.
Pisé una ola y entendí los océanos, bebí del cielo todo el éter que ya desde el nacimiento de este cuerpo me pertenecía. Vi, en el horizonte del mar, la extensión de todo el Ser. Escuché las palabras más necias para aprender de todas ellas lo que el resto del mundo rechaza por hacer oídos sordos. Pinté aquel libro con el firmamento y acabó fundido en mi corazón, entendí que el recuerdo y el futuro viven en el presente, pues entendí que el tiempo no existe.
Entonces comencé a volar sobre los restos del naufragio.
Aprendí a soñar despierto y con ello vivir la eternidad del ahora. No quise ser nadie, pues supe que era Todos. Estudié a la gente y resumí lo aprendido en un par de versos que jamás podré cantar. Asimismo, escuché al corazón tantas veces que me parecieron pocas, y alcancé metas que jamás me propuse porque ni siquiera supe que existían.
Siento, ergo existo.
Lloré tras meditar. Hablé tras sentir. Volé alto. Llegué, vi, viví. Regalé mi voz. Luché por lo justo y verdadero. Fui libre liberando primero a mis carceleros. Y sólo fui eterno cuando compartí mis momentos sin fronteras.
Fumé tantos libros que de cada uno aprendí infinitas enseñanzas. Viajé por el mundo sin moverme de mi cuerpo para aprehender todo lo que éste me quería ofrecer, y así recordar lo que mi alma ya sabía para obligar a mi mente que entendiese lo que el corazón gritaba. Crucé mares, atravesé desiertos, escalé montañas y alcancé el centro de la tierra. Y finalmente lloré al saber qué significa Amor.
Cayó la venda.
No pude describir el Todo porque en él no hay nada de lo artificial y humano como lo son las palabras, el Odio, esos sentimientos que todos hemos sufrido alguna vez. Y es que en el Todo no hay tiempo, ni Odio, ni nacimiento ni muerte. Tampoco hay conflictos, ni fronteras ni sentimientos separados. No hay mal.
Abrí los ojos.>>
Suscribirse a:
Entradas (Atom)