El Lienzo grabó en sí mismo todo lo que tenía valor o era obligatoriamente necesario llevar, y se fue de viaje.
Aún sentía el escozor de la aguja en la nuca dibujando una migraña que auguraba ser crónica. Un viejo reloj de pared sin manecillas pero con mucha experiencia se había anclado a su colección de relatos que contar al calor de una pobre hoguera. Cuando El Lienzo hablaba con el reloj, éste se jactaba de existir por encima de cualquier cosa y con suma prepotencia sentenciaba su inmortalidad a todos los presentes, gritándoles con su monótono tic-tac que los juzgaría por sus actos y por ello los pondría en su lugar. Ante esas palabras todo el que vivió en el mundo del progreso decadente se encogía, temeroso, ante tal sentencia.
Pero el pobre reloj nunca supo que estaba atrasado, exactamente, una vida, y sus predicciones nunca acertaron, dejando en palabras vanas todo lo malamente presagiado a aquella pobre gente.
En la espalda de El Lienzo volaba un águila imperial. Ésta iba y venía entre los omóplatos y anidaba en las vértebras, según le decían las vibraciones de cada pulsación. Era fuerte y grande, dorada como la mañana, y su voluntad jamás se quebró ante ningún otro ser, fuese incluso la Muerte quien amenazaba con atacar. Pero nadie es perfecto, y ésta pobre águila, cuya razón de existir era la de alimentarse del humilde fruto que crecía en su nido, volaba con las alas agujereadas, pues siempre que intentaba acercarse al pecho se encontraba con las flechas que protegían al corazón, demasiado afiladas como para esquivarlas con un cuerpo tan grande. Y el Águila pasó el resto de su existencia amando a un corazón que jamás tocó al estar este atrapado entre barrotes naturales.
Ambos brazos se hallaban encadenados. El derecho rodeado por la lengua espinada de una calavera pirata que lo ataba a su más inmortal libertad física. Por otro lado, el brazo izquierdo estaba rodeado por versos prohibidos que jamás se leerán, nacidos del Aum budista, que buscaba liberar al corazón de El Lienzo espiritualmente.
Cada pantorrilla de El Lienzo estaba decorada con un sistema de movimiento perfectamente seguro a la razón humana, pues aseguraba toda una vida de estabilidad y fuerza descomunal con la que sortear cada obstáculo. Años de arrastrase, caminar, saltar y correr habían curtido esa gran maquinaria que corría por venas y músculos. Pero el grave problema residía en el hecho de que ambas pantorrillas eran demasiado inteligentes y competitivas entre sí como para ponerse de acuerdo y ambas creían llevar razón, y cuando se encontraban ante una encrucijada de caminos, no sabían por cual ir, dudaban la una de la otra y con ello lo único que conseguían era debilitarse.
Era todo su cuerpo un río de tinta a esas alturas del viaje: Veía en su pecho cómo corría la silueta de una Diosa que todo lo sufría y odiaba, pues esa era su naturaleza. Dicha deidad odiaba, especialmente, a la Luna, porque siempre que quedaban para callejear por el estómago, ésta siempre llegaba tarde, si es que se dignaba a presentarse. Y la diosa rasgaba la garganta para hacerse notar entre las inseguridades y la ceniza de aquel cuerpo maltratado por el mar de la duda. Una y otra vez, hasta que se diluía completamente junto a sus cuerdas vocales en una historia de amor caducado que nunca llegó a puerto alguno.
Al final del viaje, El Lienzo se liberó de todo lo vivo en este mundo y dejó un cadáver precioso, cuyo motivo fue alimentar de arte y carne a la tierra. Y sólo se llevó uno de esos dibujos de tinta como recuerdo. Pero eso es algo que no podremos saber nunca, pues aún no es nuestro momento y las puertas siguen cerradas.
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