Una vez cada tantos meses, vuelve a mi garganta un sabor agridulce propio de la infancia que se mezcla con la bilis y configura el remedio natural más potente contra la creación de expectativas a largo plazo. Es un sabor muy caprichoso que se elabora en la glándula pineal.
Los neurólogos de más prestigio no consideran dicha sustancia como real, por lo que mi teoría respecto a ella queda casi totalmente anulada en la comunidad científica. Y digo casi porque ningún estudioso conoce a la perfección la labor de dicha glándula. Así, cuando me sermonean protegidos tras sus títulos universitarios y batas blancas esterilizadas: "¡Pero qué sabrá un mocoso como tú! Nosotros conocemos casi todo los fluidos de dicha glándula ¡y por supuesto que no segrega una sustancia que se asemeje a la tuya!" yo objeto: "Señores, no pretendo en absoluto enfrentarlos, mucho menos desacreditar su investigación. Yo conozco el pequeño porcentaje que a ustedes le falta, y no puede ser explicado con palabras clínicas o científicas. Además, soy un niño, y siempre digo la verdad". Entonces los científicos no tienen más remedio que callar, por mucho que les pese. Por suerte, el sector femenino de la comunidad científica me concede el beneficio de la duda, y es por ello que redacto mis investigaciones públicamente:
Esta sustancia se desarrolla en la glándula pineal, pero no tiene masa o consistencia física. Su elaboración procede durante los momentos más importantes en la vida del individuo: el trayecto gélido que separa la piscina de la toalla, la tortura de no poder rascarse la nariz cuando te están cortando el pelo, la incomodidad de pisar medias baldosas de distinto color cuando caminas por la acera, o la primera mitad de la segunda respiración en que abres los ojos durante un beso.
Estos son unos de los miles de ejemplos orientativos que puedo ofrecer, y con ello se sobreentiende que refleja una sensación de vital importancia para el individuo en sí, pues ocupa toda su atención. Esta pequeña obsesión por una realidad cotidiana lo aleja de las ideas convencionales como pueden ser el tiempo y su organización, el dinero, las obligaciones, compromisos y demás preocupaciones. Así pues, durante dichas experiencias solo queda el momento presente somatizado en instantes fugazmente infinitos. Por cada una de esas experiencias obsesivas se elabora una gota etérea de ese sabor agridulce. Respondiendo al tema de su consistencia física, se me critica por negar la existencia de dicha sustancia en un plano visual. Ante ello, defiendo mis argumentos con el hecho de que no hablo de una sustancia, sino de un sabor en sí. Un sabor agridulce que se experimenta mayormente durante la infancia. Y los sabores no pertenecen al ámbito físico, sino mental. La transmisión de un sabor se da al entrar la lengua en contacto con un material físico, pero este sabor no tiene procedencia alguna. Hasta hoy, que yo elaboro y defiendo mi teoría aquí expuesta.
Estos son unos de los miles de ejemplos orientativos que puedo ofrecer, y con ello se sobreentiende que refleja una sensación de vital importancia para el individuo en sí, pues ocupa toda su atención. Esta pequeña obsesión por una realidad cotidiana lo aleja de las ideas convencionales como pueden ser el tiempo y su organización, el dinero, las obligaciones, compromisos y demás preocupaciones. Así pues, durante dichas experiencias solo queda el momento presente somatizado en instantes fugazmente infinitos. Por cada una de esas experiencias obsesivas se elabora una gota etérea de ese sabor agridulce. Respondiendo al tema de su consistencia física, se me critica por negar la existencia de dicha sustancia en un plano visual. Ante ello, defiendo mis argumentos con el hecho de que no hablo de una sustancia, sino de un sabor en sí. Un sabor agridulce que se experimenta mayormente durante la infancia. Y los sabores no pertenecen al ámbito físico, sino mental. La transmisión de un sabor se da al entrar la lengua en contacto con un material físico, pero este sabor no tiene procedencia alguna. Hasta hoy, que yo elaboro y defiendo mi teoría aquí expuesta.
Por último, ¿cuál es el fin de dicha sustancia? La respuesta es clara y sencilla: aunque hayamos dejado la infancia atrás, nunca abandonamos a ese niño que llevamos dentro, y es este sabor agridulce, un sabor siempre nuevo que evoca tiempos antiguos, el aviso somatizado de que durante una etapa de nuestra vida fuimos felices sin ninguna necesidad banal que nos carcomiese por dentro. Y a su vez es la prueba de que podemos volver a ser así.
Pero como digo, la comunidad adulta científica no entiende ni acepta las premisas de un niño que, cada vez más asiduamente, evoca ese sabor agridulce que los soñadores llamamos "felicidad".
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