lunes, 26 de mayo de 2014

Una puerta de tres.

    ''Existen tantas formas para explicar este sopor que ninguno de nosotros quiso reflexionar sobre el motivo por el cual estábamos allí''.

     -¿Que somos tres? Menuda tontería acabas de soltar. En realidad siempre he pensado que somos dos más uno. Ya sabes lo que digo, ¿no? Que tú y yo somos parásitos y este... -dijo Mehn empujando a Corde en la espalda -es nuestro mulo de carga. Pero de buen rollo.
     -No lo molestes, que lleva un ciego tremendo y por fin ha conseguido dormirse.
     Pasamos los días encerrados en aquel bosque húmedo por la neblina que descendía del Norte. Es curioso pensar que pudo ser divertido: un grupo de amigos que se conocen de toda la vida dedicados a vagar entre los árboles, recorriendo el borde amenazador del Pantano con dos latas de cerveza.. Y puestos hasta el culo de meta, heroína, marihuana, LSD y otras sustancias que no recuerdo.
     Vivíamos en una cabaña a orillas de aquel charco gigantesco que daba más miedo a plena luz del sol que en cualquier otro momento del día. Aquella noche, Corde se había pasado cuatro rayas y estaba tendido cuan largo era en la alfombra de oso que ocupaba el centro de la choza. Sabíamos que no estaba muerto porque nosotros seguíamos vivos. Éramos Aleph, Mehn, y Corde, y luego Yo.
Aleph era alto y muy delgado, tan pálido que no sabíamos cuando estaba colocado y cuando no. Su melena negra le daba el aspecto de una pesadilla adolescente, pero sus ojos desprendían una paz absoluta, levemente salpicada por alguna que otra peca anarajanda en su rostro macilento. Era, a su modo, una especie buscando la extinción.
Por su parte, Mehn era cabezón, con el pelo rubio muy corto que hacía restallar el brillo de sol allá donde fuese. De estatura media baja y un poco rellenito, mantenía una actitud enérgica y belicosa, siempre defendiendo sus razonamientos con agresividad. El y Aleph eran la pareja perfecta: no podían vivir el uno sin el otro. Si Aleph pasaba más tiempo en el mundo de psicodelia causado por las drogas, Mehn era el rey tuerto de los ciegos causados por alcohol.
Acerca de Corde, apenas había nada que destacar. Simplemente era el término medio a medio entre Aleph y Mehn: más bajo que Aleph pero más alto que Mehn, pelo castaño, mirada llena de monotonía ligeramente variable y una condición física bajo el umbral de lo insano. Si los dos primeros hablaban de Corde como un burro del cual se alimentaban como parásitos, no era con mala intención. Sabíamos que era el único mortal del grupo, la existencia más débil de la zona, y a la vez quien posibilitaba nuestra estancia.
  
     -¿Probamos a despertarlo? -preguntó Aleph observando de cerca a Corde.
     -Tengo petardos en mi mochila, si quieres cojo una traca y se la metemos en los pantalones. Verás cómo salta al Pantano cuando le reviente la polla -dijo Mehn sonriendo con malicia.
     -¿Qué dices que me vas a reventar, capullo? -dijo Corde con voz adormilada después de limpiarse la comisura de los labios con las faldas del sillón. Al ver a Corde incorporarse, Mehn corrió a darle una patada en la boca que lo lanzó contra la pared.
     -¡Buenos días, princesa! -gritó el golpeador antes de coger su bastón negro y bailar junto a la chimenea.
     -Te has pasado un poco, creo... -dijo Aleph encendiendo un porro.
     -Esa sensación tan dolorosa es lo que siente tu cerebro cuando consumes drogas durante un período de tiempo muy prolongado -recitó con voz robótica Mehn.
     -Te voy a hacer sentir yo... -masculló Corde incorporándose. Ambos salieron corriendo de la cabaña, dejando a Aleph sólo mientras fumaba sentado en la alfombra.

     Por eso dije antes que aquella temporada pudo haber sido divertida. No eran dos mas uno, como pensaba Mehn. Éramos tres y medio, pero ellos no daban cuenta de mi existencia. Pasé todos y cada uno de esos días como un fantasma ajeno a la comunicación. No tuve voz, no tuve cuerpo ni leyes que me atasen a la realidad física y emocional que mis tres compañeros disfrutaban. Yo era el punto de vista virgen que no querían reconocer. Sólo una cosa nos mantuvo unidos: la incertidumbre de quien se sabe apuñalado por las verdades que el Ego no permite observar. Y dichas inquietudes, allá esponjosas como las nubes reflejadas en el fondo del Pantano, me impedían alejarme más de unos escasos siete metros del grupo. Cabe destacar que se distanciaban los unos de los otros cuando era necesario, y no por mucho tiempo. En caso de darse esa situación siempre me veía forzado a irme con Aleph o Mehn alternativamente, nunca con Corde. Supongo que con eso se referían a que eran dos mas uno.

     Aleph se incorporó tambaleándose, así que lo seguí. Salió de la cabaña con una mano sobre la frente a modo de visera, la otra sosteniendo lo poco que quedaba del canuto que se había estado fumando. Otra mañana más en aquel paraje deshabitado.
Frente a la casita, el Pantano se extendía como un manto frío y hueco, una tela húmeda que albergaba horrores viscerales bajo su pasividad constante. En la otra orilla los árboles eran tan frondosos que parecían ser el mismo paisaje pintado en todos los cuadros fantasmagóricos con que se decoran las habitaciones de hotel. A la izquierda, un intento de faro derruido se alzaba sobre el agua. Al ser el lugar más alto del bosque, fuimos la primera tarde para buscar una salida y así largarnos de allí cuanto antes, pero entre que Corde llevó dos bolsas de marihuana y tres hojas de LSD, y que los árboles eran demasiado altos, acabamos por dejar la búsqueda para otra ocasión. Sinceramente, la primera razón fue la más poderosa. 
A la derecha, y ascendiendo, una montaña cuya cima se deshelaba hacía crecer el caudal del río que alimentaba las aguas del Pantano. En la misma orilla, bajo la estampa montañosa, Mehn y Corde se golpeaban a puño limpio. El bastón quebrado del primero se dejaba arrastras por las olas, como una rama de pino perfectamente barnizada en color negro mate. Cuando Aleph y Yo los alcanzamos se habían tirado al suelo, manchando los guijarros grises con su sangre.
     -¿Quién ha ganado? -preguntó Aleph antes de arrojar la chusta al agua.
     -Nadie -respondió Mehn jadeante. -Siempre que se derrama sangre y ambos guerreros siguen vivos, no gana nadie.
     -Pedazo de capullo estás hecho -dijo Corde medio asfixiado. -Tu falsa modestia me declara como vencedor absoluto.
     -¿Quieres que te arranque los dientes de abajo con otra patada, basura? -gritó Mehn incorporándose.
     -Échale huevos, cuando acabe contigo te va a doler hasta la ropa -amenazó Corde.
     -Venga tíos, relajaos un poco. Ya os habéis machacado mutuamente, dejad la guerra para otro momento y disfrutad del buen tiempo -dijo Aleph conciliador.
     -Tú siempre has sido un capullo pacifista, Aleph -dijo Mehn recogiendo su bastón del borde del Pantano.
     -Un buen capullo, al menos -puntualizó Corde. -¿Me das un cigarro?
Aleph sacó un cigarro de la cajetilla de tabaco y se lo lanzó a Corde, que hubo de estirarse para atraparlo en el aire. Recogió su mechero, que había caído en la pelea con Mehn unos pasos más allá de donde se encontraba, y dio la primera calada observando la otra orilla.
     -Da miedo, ¿eh? -dijo más para sí mismo que para el resto.
     -Bueno... -dijo Aleph. -Un poco, mayormente porque el agua es muy oscura y calmada. No sabemos lo que puede haber ahí debajo.
     -Podemos construir una balsa -pensó Mehn en voz alta. -Si recogemos un buen número de troncos lo suficientemente grandes, los atamos, y luego tallamos un par más para utilizarlos a modo de remos, tendremos una balsa en... una tarde.
     -¿No te da miedo el Pantano, Mehn? -preguntó Aleph.
     -No te voy a decir que no, pero ya hemos comprobado que no hay nada vivo. Recuerda que la segunda noche aquí Corde y yo intentamos pescar algo sin resultado alguno.
     -Puede ser que sí haya algo vivo, pero no le interese un cebo tan pequeño como el que usasteis.
     -¿Quieres decir... un monstruo gigante? ¿Como el del Lago Ness? -preguntó Mehn escéptico. Aleph sonrío por toda respuesta.
     -Entonces deberíamos utilizar un cebo más grande... como... un gran pedazo de carne a la brasa -dijo Corde.
     -Venga ya, ¿te crees que vamos a desperdiciar un pedazo de carne echándolo al Pantano para ver si sale un monstruo que ni siquiera existe? -preguntó Mehn alzando la voz.
     -No sabes si existe o no, Mehn. Y por probar no perdemos nada, al fin y al cabo la comida se repone cada noche.
     -¿Y si deja de reponerse? Deberías de tener en cuenta ese tipo de cosas, capullo.
     -Me gusta la idea de la balsa, Mehn -dijo Aleph para evitar la discusión. -¿Cuándo podríamos empezar a fabricarla?
     -Ahora mismo -dijo el aludido poniéndose en pie. -Vamos a la parte trasera de la cabaña, seguro que hay materiales y herramientas con que ponernos a trabajar.
     -Creo que no es buena idea adentrarse en el Pantano... no sabemos qué puede pasar... -dijo Corde en un intento de detener a sus amigos.
     -Construyamos la barca primero, y así tendremos la posibilidad de navegarlo o no -respondió Aleph. Corde lanzó al agua unas piedrecitas con las que llevaba un rato jugando antes de incorporarse y seguir a sus compañeros.

     Me gustaría aclarar que yo ya estaba aquí cuando ellos llegaron. Es más, me vi emerger de las profundidades de aquel Pantano que tanto temían en el momento que, Dios sabe cómo, aparecieron entre la espesura del bosque y la niebla, puestos hasta las cejas de Valium o cualquier otro sedante. Su inconsciencia era la mía, el sopor que amenazaba con paralizar sus constantes vitales era el retazo de un sueño, muy parecido a las burbujas de hidrógeno que se forman por todo el Pantano.
Allá en el fondo reposa un pequeño poblado que no aparece en los mapas actuales. Yo no recuerdo cómo acabó sumergido, pero un par de kilómetros al Oeste de la cabaña hay una piedra enorme que narra lo que viene a ser una historia fantástica sobre unos seres subterráneos y el pueblo ora hundido. Aunque la historia cincelada en la roca es muy larga, es tan simple que pude memorizarla con verla una sola vez. Dice así:

     ''Hace siglos, Cielo y Tierra eran Uno. Tras la el ascenso de Mármol Gris, los Humanos decidieron emigrar hacia el Sur, buscando un lugar caliente donde resguardarse del frío húmedo. A su vez, de las profundidades de la Tierra emergieron los Semicios, unos seres antropomorfos, huyendo del núcleo caliente del planeta. Cuando alcanzaron la superficie, tomaron contacto con los Humanos. Ambas razas, orgullosas e inteligentes, decidieron establecer unos límites territoriales: los Humanos vivirían sobre la tierra y los Semicios bajo ella, puesto que ninguna soportaba el estilo de vida de la otra. 
En su egoísmo, los Humanos alzaron sus templos y hogares con las grandes rocas que los Semicios extraían de las profundidades. A su vez, el pueblo subterráneo era cada vez más extenso, pues horadando la Tierra extendían su reino con grandes túneles y cavidades. Años después del contacto entre las dos razas aconteció un diluvio sin precedentes. Las nubes se deshacían con fiereza y las lluvias continuaron durante meses. Pocas aves corrían el riesgo de surcar el cielo, pues los truenos, en su condición belicosa, no esperaban para arrebatar el mínimo rastro de vida a su alcance. Humanos y Semicios no podían sino observar la intensa batalla que se libraba allá arriba, esperando que amainase el temporal. La espera murió junto a ellos. El peso del pueblo, acentuado por las aguas que se acumulaban en el terreno, quebró los pilares subterráneos, terminando así con la vida bajo el Cielo y bajo la Tierra. Hoy día solamente quedan los restos de la ciudad Humana en el fondo del Pantano, y poco o nada se sabe del pueblo Semicio. El Cielo, por su parte, prometió no caer más en aquel territorio, limitándose a cubrir de blanco la montaña situada al Este del Valle. 

     Cuando Aleph, Mehn y Corde encontraron la piedra con la inscripción, la leyeron de pasada y sin darle mucha importancia. Esa noche, como las otras, se drogaron tanto que a la mañana siguiente no recordaban nada sobre dicho mito, pero en su inconsciente quedó la posibilidad de que algo vivo puede recorrer las aguas turbias del Pantano. 

     -Bueno, pues ya está hecha -dijo Aleph tras echarse en el suelo.
     -Ahora solo queda botarla, para ver si aguanta en la superficie -dijo Mehn observando su obra con desconfianza.
     -¿No tenemos antes que darle un botellazo o algo parecido? Me suena a mí que eso se hace con los botes antes de su primera travesía... -repuso Corde.
     -Eso se hace con los barcos, imbécil -respondió Mehn.
     -No creo que nadie se queje porque hagamos ese ritual, Mehn -dijo Aleph. -¿Quién se va enterar?
     Habían terminado la balsa, como dijo Mehn, al caer el sol. Decidieron dejarla varada en aquel mismo sitio y echarla al agua al día siguiente, con la luz de la mañana.
     -¿No habéis pensado por qué nunca se nos acaban las provisiones? -preguntó Mehn cuando entraron a la cabaña.
     -Son los espíritus del bosque -respondió Corde.
     -¿En serio crees aún esas gilipolleces de niños? -dijo Mehn alzando la voz.
     -No son gilipolleces, son explicaciones sin sentido a hechos sin explicación.
     -Es lo mismo, idiota.
     -Yo estoy con Corde -repuso Aleph. -Es la única razón razonable, valga la redundancia.
     -Venga, Aleph, no me jodas con tu esoterismo -dijo Mehn.
     -No sé qué pensar, Mehn... siento que no estamos del todo solos aquí.
     -¿Ves, idiota? -dijo con voz triunfal Corde al ponerse de pie. -¡Son los espíritus del bosque! Por eso nos cuidan, porque no hemos destrozado ningún árbol ni cazado animales.
     -Aleph... -dijo Mehn ignorando a Corde. -Dime que no crees esas tonterías infantiles.
     -Quién sabe... ¿no dicen que las tonterías de niños y locos son reales?
     -Corde simplemente es gilipollas -repuso Mehn señalando al aludido, que se preparaba un pico para inyectárselo, dando así comienzo a la rutina de cada noche.

     Recuerdo aquella conversación muy bien, pues fue el único momento lúcido en la estancia de mis ''huéspedes''. A la mañana siguiente, los tres salieron de la cabaña muy temprano luego de desayunar la fruta que les había dejado en la mesa cuando se quedaron dormidos. Fumaban un cigarrillo tras otro por puro nerviosismo, quizá hábito.
     -Empújalo tú, Corde, que eres el más fuerte de los tres -propuso Aleph. Su amigo obedeció sin dudarlo, y al poco el bote estaba ya flotando en el agua.
     -¿Se mantiene bien? -preguntó Aleph.
     -Eso parece... -dijo Mehn en voz baja.
     -¡Vamos a darle el botellazo! -gritó Corde entusiasmado mientras agitaba una botella de ron medio vacía.
     -Venga, dáselo tú -concedió Aleph. Corde levantó el brazo con lentitud, saboreando con la mirada el punto exacto donde dejaría caer la botella. Golpeó la embarcación con tal fuerza que se tambaleó ligeramente y la botella quedó hecha pedazos, provocándole cortes profundos en la mano. Corde aulló de dolor en el suelo mientras juraba por todo lo existente.
     -Desde luego, si no abres la boca para demostrar que eres imbécil, tus actos lo confirman -dijo Mehn con un suspiro.
     -Me temo que será mejor dejar la travesía para mañana, como muy pronto -dijo Aleph luego de examinar la herida. -Mehn, ayúdame y prepara agua fría, vendas y alcohol para curarlo. Yo voy a sacar el bote del agua y llevar a Corde a la cabaña, que está a punto de desmayarse.

     A partir de aquel incidente y por alguna u otra razón, el grupo de amigos fue retrasando el momento de embarcarse. Pasaron los días drogándose, bebiendo y vagando por los alrededores. Cuando su reserva de sustancias ilegales comenzó a menguar, se adentraron en el bosque con la esperanza de encontrar setas alucinógenas. Una esperanza que se vio hecha realidad al dar con un grupo de renos que, tras ingerir los hongos psicodélicos, deambulaban dando berridos como si una fiera asesina rondara en lo profundo de su conciencia. Con este hallazgo firmaron su estado de inconsciencia perpetua.

     Mi labor como ''espíritu del bosque'' comenzó a decaer. Pocos eran los momentos en que los tres amigos hablaban entre sí, menos aún las risas. Aleph decidió alejarse cuando Mehn y Corde discutían, siempre absorto en el Pantano a la espera de un motivo que lo lanzase al agua. Se fue consumiendo como las hojas secas que dejan caer los árboles al despedirse del verano. El escaso color de su piel se tornó más pobre aún, su barba mustia no quería crecer por miedo de avergonzar al sol, y tras unas semanas de indiferencia por parte de sus amigos, se tendió en el suelo aferrado al borde de la barca, aún a sabiendas de verse hundido en sus propios huesos.

     A su muerte, Mehn y Corde dejaron de hablar, de discutir. El primero había reconocido la existencia de los ''espíritus del bosque'', pues ya no había comida en la despensa, ni leña con que alimentar el fuego inexistente en la chimenea cargada de hollín. Mehn, en un momento de locura, salió a ver el cadáver de Aleph y, con los ojos cargados de lágrimas, arrancó puñados de carne putrefacta del pecho de su amigo, comprimiéndolos con la esperanza de crear un cebo con que pescar al monstruo del Pantano que los había ido matando con su indiferencia. Corde se asomó desde la puerta de la cabaña para observar los caprichos que la locura pincelaba en el cerebro de su amigo. Ya no tenía intención alguna de llorar al observarlo sentado sobre una gran roca que se adentraba en el Pantano como una burda imitación de acantilado. Mehn se dejaba morir entre las leves olas, la cuerda de la caña cada vez más tensa, quizá enganchada con algún árbol subacuático, quizá librando un duelo con el monstruo marino.

     El nivel del agua comenzó a descender cada vez más rápido, y del centro del lago crecía hacia abajo una cruz oxidada, luego una torre que dio paso a un campanario... Corde salió de la cabaña atraído por aquella imagen grotesca. Se sentó junto a la barca, al otro lado del esqueleto erosionado de su amigo. Por su parte, Mehn no dejaba de observar el hilo que se hundía en las aguas. El aire rehuía sus pulmones maltratados, y tras un soplo de viento cruel que descendía de la montaña, el hilo se rompió, dejando caer a Mehn en la orilla del Pantano, sus labios apenas rozando los charcos que había dejado el agua tras su descenso.

     Corde, que se había debatido entre el sueño y la vigilia durante la desecación de su amigo, reaccionó al sonido de la carne impactando en el suelo con un espasmo somnoliento. No tenía forma de saber si habían pasado diez segundos desde la muerte de su último amigo, o diez siglos, pero cuando se levantó a duras penas apoyado en la barca y miró a su alrededor descubrió que el Pantano se había secado, dejando ver el antiguo pueblo fantasma. Los árboles del bosque estaban secos, las hojas cubrían el suelo como una mortaja grisácea y marrón. A su alrededor no existía otra cosa que él mismo. Recuerdo muy bien aquella escena porque fue el único momento en que se tuvo constancia de mi presencia. Poco le importaba a Corde su destino, pues en cierto modo sabía que estaba sellado desde el momento en que se cortó la mano con la botella al bautizar a la barca.
     -Eres el espíritu del bosque, el que nos traía comida... -dijo con voz queda.
     Asentí con la cabeza. Por primera vez en nuestra vida, tuve cabeza.
     -Has dejado morir a Aleph y Mehn. Y sólo quedo yo... -afirmó observando el pueblo fantasma. -El monstruo del Pantano... el monstruo del Pantano nos ha matado...
     Se lo negué tres veces de corazón. Por primera vez en nuestra vida, tuve corazón.
     -No me mientas, espíritu del bosque. Tus árboles han muerto y ya no tienes un sitio dónde esconderte.
     Tampoco lo tenía el monstruo del Pantano, del cual sólo quedaba un esqueleto prehistórico a los pies del acantilado donde Mehn pasó sus últimos momentos. Corde me observó en su infinita ignorancia como quien se ve reflejado en un espejo caótico propio de un parque de atracciones. Me dio la espalda, confuso, sabiéndose cascarón vacío cuya misión es alimentar la Tierra que otros grupo de tres heredará. Su mirada pulsante se clavaba en el pueblo fantasma. Lo seguí mientras caminaba sobre el polvo fino del Pantano seco sin apartar la vista de la cruz coronada sobre las demás edificaciones. Al llegar, me tomó de la mano con miedo, sabiéndose vencido por las causalidades que no quiso combatir, o que combatió con las armas equivocadas. Del centro del Pantano empezó a emerger agua.
     -¿Y ahora, qué? -me preguntó para afirmar la verdad que ya conocía.
     -Oye... alguna vez has pensado... ¿por qué no éramos tres?



















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