jueves, 8 de mayo de 2014

Papelera (De las cartas perdidas en un cajón, nº.4).

     ''Sabes, cuando estoy sólo me gustaría decirte muchas cosas, demostrar que sirvo para algo más que respirar el mismo aire que tú espiras o rellenar un hueco en tu grupo de amigos.Muchas nubes se han descargado desde la última vez que me descargué yo y, sinceramente, muchas tormentas han de venir para que tal fenómeno se repita, porque hoy he aprendido tres lecciones:
     -Nadie pudo entender ninguno de tus pensamientos porque eres un reflejo oblicuo a ojos del mundo.
     -Allí donde antes vibraba la piel hoy sólo corre el viento propio de una mañana de Febrero.
     -La poesía te echa de menos porque no conseguimos hacerte inmortal.
Podría añadir el desdoblamiento que padezco desde mis quince años, pero esa es una evidencia que ya descubrí hace tiempo.



     Si por azar alguien compartió contigo un trozo de sangre, me gustaría dejar claro que lo envidio con todas mis venas. Desde un primer momento acepté mi condición de soldado en la retaguardia: me sentía como un suicida, la espalda que prueba el beso traicionero de tus males. Cazador de truenos a tu alrededor sin poder evitar las innumerables tormentas que atrajiste a lo largo de nuestra vida. Al menos esos rayos cargaban mi batería para mantener el empleo pobremente remunerado que me ofreció tu desidia durante los últimos días de Mayo. También he de reconocer este es el único trabajo que me gusta hacer, no me veo dedicado a otra cosa.

     Te escribo desde el olor a verano infinito que exudan mis silencios forzados. los mismos que caen con todo el peso de la injusticia sobre mi columna, retratando un dolor apoteósico que nada tiene que envidiar al sufrido por Prometeo. Vivo entre el sueño y la vigilia, acompañado por una vibración en el oído izquierdo, y sé que no puedo acostumbrarme a esta perspectiva, al ángulo muerto donde esconder los miedos. Ya no sé comer, y cuando duermo se me resbalan gajos de conciencia cerebral del mismo modo en que un borracho se precipita al cuello de las farolas. Esa es la sensación perfecta: la de vivir en una botella rota de la que es innecesario salir.

     Aún no quiero reconocer que mi pecho te transforma en canciones de amor baratas porque el orgullo que lo envuelve sabe atribuir las anécdotas aburridas a la ausencia de dolor. Desde siempre, y bien lo sabes, me ha dado mucho corte pedir favores. No me siento cómodo socializando con el mundo, y cuando he de hacerlo lo paso tan horriblemente mal que las palabras se me atropellan bajo el suelo de la boca. No sé si estás por el lugar del que todos los grandes libros hablan, o si realmente existen esas fantasías que sólo ven los ciegos. Lo único que tengo por seguro es que me estoy abriendo como nunca, y como mi caja de Pandora no tiene cerrojo, te ruego que abras las puertas. Ahora sólo me interesa dejar de seguir llamando.''

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