martes, 6 de mayo de 2014

Cubo (De las cartas perdidas en un cajón, nº.3).

''La vibración reverberante del viento es el idioma de esa serpiente llamada silencio.''


   ''-¿Para quién escribes?
     -Para mí mismo.
     -Te lo volveré a preguntar de otra forma: ¿por quién escribes?
     El silencio cayó en la sala como la niebla propia de las mañanas febriles del mes más enfermizo del año. H' se mantuvo sentado con la cabeza baja, respirando por inercia y taconeando el suelo levemente.

     Cuando entró a la habitación, tuvo la certeza de hallarse en un lugar perfectamente simétrico y cuadrado. El ambiente pesaba debido al calor exudado por las paredes rojizas, manchadas de sombras itinerantes que conferían una tensión tribal, casi bélica. Las ideas, pensamientos o emociones se triplicaban con suma facilidad. Una lámpara carnosa, que variaba su intensidad regularmente iluminando la mesa macilenta sobre la que H' apoyaba los codos, pendía del cable azulado que la conectaba al techo. No existía puerta alguna, y si así fuere, H' no recordaba haberla cruzado en ningún momento. De ser así, habría dejado constancia de ello en sus memorias. Asimismo, su estado de conciencia era ambiguo, pues se sentía parte de algo más grande. Parte prescindible de algo mucho más grande.



     Se podría decir incluso que H' no llegó a Cubo (tal y como bautizó a la estancia tiempo después) por voluntad propia. Una serie de circunstancias previamente programadas por algún ente Universal concluyó que H' debía llegar a Cubo en aquel momento exacto: simplemente cerró los ojos al sentarse junto a sus amigos una noche de Febrero, y al abrirlos se encontraba allí, sentado sobre una silla pálida, demasiado débil como para levantarse. Para colmo, acosado por el interrogatorio de un maniquí femenino (averiguó su sexo tras observar las curvas maceradas de su figura) cuya cabeza era plana y no tenía cara con que expresar el motivo de su existencia. Cuando H' volvió de aquel lugar violento, y tras muchas sesiones de meditación y autoanálisis, aseguró repetidas veces a sus confidentes que en ningún momento le pareció extraña la vitalidad del maniquí, cómo se paseaba a su alrededor, le hablaba e incluso observaba desde la opacidad de su rostro veteado por la madera ósea de la que se componía su cuerpo. De la misma forma, el maniquí respondía al nombre de M'. La razón de esto aún es desconocida, tanto por H' como por los innumerables psicoanalistas con quienes trató tiempo después.

     -No quiero seguir preguntando a las paredes, H'. Por favor, responde de una vez -dijo con voz cansada el maniquí.
     -Escribo por mí -respondió H' al cruzar las manos bajo la mesa. M' resopló cansada, en un intento de vaciar su interior de aquello que la atormentase.
     -Cuanto antes respondas con sinceridad, antes saldremos de aquí, y menos tiempo perderemos. Por supuesto que no escribes por ti. Nadie escribe por y para sí mismo, mucho menos un escritor como tú, que apenas tiene Ego que alimentar. No eres tan imbécil como el resto de escritores, pero eres más ignorante que ellos, así que realmente sabes que escribes por otras personas. Deberías reconocer esa verdad, así nos harías un favor a ambos.
     -Escribo para mí, para mi pasado, aquellos Egos que fui y que hoy son fantasmas -respondió H' envalentonado.
     -Me estás diciendo medias verdades, y sabes que no puedes mentir aquí dentro: esta habitación es un puño -canturreó M' aguijoneando a H' al dar media vuelta sobre la punta del pie derecho.
     -La verdad es que no sé por quién escribo. Pero tampoco es falsa mi afirmación respecto a que escribo para mí. Me gusta escribir para mí porque el sabor de la tinta es exactamente igual a la amargura que envuelve esta habitación.
     M' se apoyó dolorosamente en la pared frente a H', que se llevó las manos al pecho mientras se encogía en la silla. Un torrente bermellón percutía sus sienes componiendo una melodía apabullante que no dejaba hueco libre al silencio.
     -Esto me duele a mí tanto como a ti, H', pero es necesario. El dolor es una cualidad indispensable para entender el motivo de esta reunión. Dime... ¿no estás cansado de buscarme?
     -No quiero dejar de buscarte, sé que no debería ser así, pero es mi naturaleza. Mejor dicho, no puedo dejar de buscarte.
     -Pero así nos haces daño a los dos -dijo M' acercándose a él. -Cada vez que crees verme en otras personas me haces dar un paso atrás, y otro, y otro y mil más. Ambos vivimos en el polo negativo del imán, y por eso nos repelemos.
     -Entonces... ¿Qué quieres que haga? ¿Qué quieres que diga? -preguntó H' con un hilo de voz.
     -Quiero que entiendas -respondió M' separándose de la pared. -Esta reunión no debería darse en ningún momento, pero la has forzado a base de buscarme en lugares incorrectos. Tú solo nos has traído la desgracia, y para colmo, por el camino de la escritura. Has apostado por las letras todo tu interior, y con ello el mío.
     -Ese es mi tormento, la tortura de todo escritor: querer expresar con palabras lo que es inefable. Queres buscarte donde sé de antemano que no estás.
     -¿Y aún así quieres seguir equivocándote?
     -Hasta que mi equivocación sea tal que el Universo no tenga más remedio que plantarte ante mí.
     M' se quedó callada. Las vibraciones en las paredes se acentuaron, y H' supo que había dado en el clavo.

     Se esforzó por entender el motivo de su estancia allí. Ya no buscaba nada, simplemente descansó aceptando el dolor, rehusando el sufrimiento. Desde que llegó, H' no hacía otra cosa que unir dentro de sí mismo las preguntas que se le aparecían con las respuestas que había ido acumulando desde que tenía uso del corazón. Se imaginaba a sí mismo corriendo entre las venas altas de un bosque sanguinolento, mientras veía cómo las gotas de tinta se precipitaban por todo el terreno del sistema circulatorio. Su función era situarse bajo las lágrimas negras y dejarse mojar, absorber todo el veneno que le revelaría la situación del árbol-arteria del que habría de recoger el fruto-respuesta. Una tarea dinámica, corrosiva y monótona que desembocó inevitablemente en la llegada al puño bermellón donde se encontraba junto al maniquí femenino. Cada palabra que M' pronunciaba era un concepto de vitalismo muy realista:
M' habla de su planeta poblado de medias tintas. H' psicoanaliza el espacio exterior con una máquina de escribir rota.
M' toca la guitarra en la oscuridad de su habitación. H' es expulsado del local por discutir a puñetazos con un borracho.
M' sonríe girando sobre sí misma sobre un escenario. H' se deja caer en su mesa de trabajo con los ojos abiertos.
M' observa lo que tiene frente a sí misma. H' fuma un cigarro tras otro esperando que amanezca.
M' consulta el horario de trenes junto a un maniquí grisáceo. H' enciende la televisión para ver los anuncios antes de su programa favorito.
M' comparte sus lápices de colores con árboles monocromos. H, se siente sólo dentro de una pompa de jabón.
M' duerme, H' despierta.
M' despierta, H' duerme.

     -¿Entiendes ya el motivo por el cual estás aquí? -preguntó M' tras ver la expresión de sinceridad en H'.
     -Mi curiosidad ha matado la última de nuestras siete vidas -responde H'.
     -Todo lo que eres tú, es precioso -dice M' con lágrimas en las vetas oscuras que podrían ser sus ojos. -Pero nos toca esperar una vez más, porque tu jodida curiosidad quiere inventar el tiempo y adelantarlo hasta el momento en que deje de ser un maniquí. Esa es tu mayor virtud y defecto: sientes tan fuerte que lo quieres todo ya.
     -Con pedir perdón y demostrar que me arrepiento no solucionaré nada, ¿no?
     -Absolutamente nada.
     -¿Y si salgo de aquí?
     -Puedes salir de aquí e ir a donde quieras, pero el tiempo no avanzará.
     -Pero saldré de aquí -dijo H' con voz temblorosa.
     -Y lo que somos aquí morirá ahí fuera -respondió M' dejándose caer en una esquina de la habitación.
     -Eso significa... que seguiré estando solo.
     -Tú no estás sólo, H'. Ahí fuera, aunque cada vez somos menos, estamos quienes te acompañarán el resto de tu existencia. Entiendo y acepto el que te sientas solo, pero quiero que te quede claro que no lo estás.

     H' meditó sobre las palabras de M'. Consideraba seriamente escapar de aquella habitación musculada. Si ya el mero hecho de que M' se hallase allí junto a él le dolía, destrozar una de las paredes del lugar sería, literalmente un suicidio. Pero seguir allí dentro significaba no avanzar, mantener un estado latente, el coma profundo que desemboca en una desesperación tortuosa. H' no quería morir, mucho menos si con ello se llevaba por delante a M', pero siempre llegaba al mismo callejón sin salida: el estado de pasividad era insostenible.
     -Vamos a salir de aquí -resolvió H' convencido.
     -Tú nos has traído, tú nos sacas -concedió M'.

     H' se levantó de la silla por primera vez desde que llegó al lugar y avanzó hasta situarse junto a M'. Observaba la pared como quien estudia su propio cuerpo por aburrimiento hasta que descubre un lugar nuevo y de mal gusto que pretende eliminar. Podía ver las imperfecciones en cada centímetro dentro del lugar bautizado Cubo, el puño que sólo dice la verdad, el rojo bélico que trae paz a quien entiende su idioma. H' levantó el brazo derecho y golpeó con fuerza la pared acolchada, sintiendo todo el dolor triplicado dos veces. Continuó con su tarea escupiendo sangre y sintiendo el desmayo percutir su cerebro. Tras un largo rato de insistencia, la pared descarnada se abrió dando paso a unas tinieblas que engulleron a los dos habitantes e hicieron desaparecer todo cuanto había existido.''



     ''A' volvió a su cuerpo temblando de frío. A su lado un amigo fumaba tratando de explicar conceptos demasiado materiales para él, y en diagonal, a su derecha, I' lo observaba sin tener ni idea de qué había pasado dentro de aquel cuerpo cansado. A' salió del pequeño edificio para respirar el aire de la noche más fría de Febrero. Cuando hubo espirado por sexta vez, la puerta de la casa se abrió: I' se dirigía hacia él con un cigarrillo de liar en la mano.
     -¿Qué has visto hoy? -le preguntó ofreciéndole el cigarrillo.
     -Algo ha muerto dentro de mí -dijo A' clavando la vista en el pueblo situado en lo profundo de las montañas.
     -¿Algo bueno o algo malo?
     -Algo, simplemente... Sabes, creo que todo esto nos viene grande.
     -¿A qué te refieres? -preguntó I' encendiendo el cigarrillo antes de pasárselo a A'.
     -A vivir. A veces es difícil existir. Te sientes demasiado pequeño como para que una partícula de oxigeno pueda entrar en tus pulmones. Pero aquí estamos, frente a todos esos nubarrones negros que se acercan, y nosotros en medio de la nada, preparados para aceptar lo que venga.
     -Pero esos nubarrones no tienen por qué ser malos. Son tiempos de cambio, sólo hay que aceptarlos y seguir hacia delante -dijo I' con un nerviosismo perfectamente camuflado. A' no respondió, limitándose a devolver el cigarrillo a su compañera.
     -Gracias por estar aquí -le dijo tras un rato.
     -Nunca vas a estar solo, A', no sería justo -dijo I' por toda respuesta.
     -Nunca vas a estar sola -repitió A'.
     -Deberíamos entrar, ya sabes cómo son estos. Hacen de cualquier relato una obra literaria en todo su esplendor -dijo I' pasando el cigarrillo al su compañero.
     -Que les jodan -dijo A' tras dar la última calada. -No tienen ni idea de contra quién escriben.''













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