Réquiem por un momento de gloria.
Hoy ha sido un día de recuerdo. Limpiar mi habitación me ha obligado a
revisar papeles y otras cosas, y a su vez, esto me ha obligado a recordar.
¿Dónde está toda esa gente? ¿Qué ha sido de ellos y ellas? ¿Merecía la pena
esperar... o aún no es tarde? La mayor parte del tiempo que estamos solos la
pasamos pensando en cosas que es muy probable que no lleguen a suceder. Por
simple imposibilidad, o que estén fuera de nuestro alcance. He invertido tanto
en tantas cosas que ya empiezo a dudar de mí mismo. Ésta canción se está
acabando y va a un ritmo vertiginoso. Quizá sea momento de cambiar de pista.
Recojo un folio arrugado, mi discurso de cuando me gradué en 4º de ESO. Algunos
de los presentes siguen conmigo. Otros no. Simplemente se han ido. He de decir
que no hablo en un tono triste cuando hablo de recuerdos, los acepto y ahí
están, recordándome cómo fui y qué ha cambiado, o debe cambiar. Eso sí:
necesito crecer. Estoy rozando el delirio con cada pensamiento, y los amores
fugaces duelen cada vez más. Más me vale de salir de éste mar estancado o aquí
me muero. pero estoy tranquilo, el tiempo es mi viento y mis metas las velas.
Vamos en continuo movimiento, huyendo a velocidad de vértigo.
Porque pienso que no estoy hecho para éste mundo. Soy un gilipollas para
el resto, ya que no tengo estereotipos en la cabeza. Vuelvo la vista atrás y
pienso en quién fui, y qué le diría a mi yo de hace diez años, de cinco, e
incluso de dos. A aquel chaval que se subió a un escenario a leer, a un podio
tras ganar, al que empezó a pensar y sufrió lo suyo. Qué le diría cuando estuvo
días encerrado en el rincón más oscuro de su cabeza, cuando vivió una semana
bajo el infierno. Cuando invirtió en una causa perdida y se negó a reconocerlo.
Qué pudo hacer, corregir, hablar o sentir. Querría darle otros puntos de vista,
ayudarlo a encontrar la esencia del momento, de la paciencia para aprender que
no hace falta ser normal para ser feliz. Sufridor necesario, nunca quise ser
mayor, aprendiz de adulto sin punto de inflexión.
Me gustaría hablar con ese chaval que se sintió grande y no pudo vivir
en la humildad. Recuerdo comentarios sueltos, de odio y afecto, de envidia y
desidia frente a un futuro abyecto. ¿Qué ocurrió al otro lado del espejo empañado?
Ayer llovió lo suyo, y aquel chaval salió a caminar sin rumbo. Le debo la vida
y mi situación, es mi Dios porque me ha creado. Pero no lo idolatro. Acepto sus
errores y logros, sus días de pereza y grandes momentos. Me gustaría abrazarlo
y decirle que nunca ha estado sólo, que el futuro le depara una vida
desconocida pero que siempre, siempre va a merecer la pena vivir. Que no sufra,
que sienta el dolor y aprenda de una puta vez que eso no depende de el. Me
gustaría decirle que esas noches sentado en un banco del parque, sólo, han
valido la pena, pues están formando una vida que quizá valga la pena, sólo es
necesario seguir vivo, al menos un día más.
A mi yo de hoy le digo que no le de tanta importancia a la gente. Que
viva, que socialice con el mundo que lo ha parido. Pero no quiere, ese puto yo
no quiere aprender. Quizá sea que no puedo renunciar a mi sensibilidad. La
misma de la que se rieron, o convirtieron en homosexualidad. Quizá debería
dejar de ser el comodín de las barajas. Soy un instante y voy muriendo mientras
nazco. Quiero ser la hoja seca que recorre el río del que una vez habló
Heráclito.
Por último, me gustaría hablar con el yo de mañana, el de dentro de dos,
de cinco, diez y cincuenta años. Con el yo que esté en su lecho de muerte,
cinco minutos antes de cerrar el último capítulo. Pero no de lo que ha vivido,
no, eso nunca. Simplemente hablar de cosas triviales, de la magia de vivir y de
los sentimientos, sean cuales sean.
Todo esto surge de un papel sucio y arrugado, un escenario compartido y
un futuro realmente incierto. Surge de un pasado que ha sido precioso y tan
doloroso como lo es crecer en un mundo que no es el mío. Y es maravilloso saber
que puedo compartirlo, contigo y conmigo.
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