martes, 19 de noviembre de 2013

Círculo Vicioso (De las cartas perdidas en un cajón, nº.2)



    Pablo Lozano Alarcón, recién jubilado, se hundía progresivamente en una silla de mimbre conforme veía caer el sol desde la terraza. Cuarenta años había trabajado en correos, para el día de hoy verse a sí mismo sólo y sin nada que hacer. Cobraba una pensión que no compensaba en absoluto el aburrimiento del '¿y ahora, qué?', al sentir, si bien no estaba todo hecho, que poco quedaba por hacer. A su derecha, sobre una mesita baja, había dejado tres sobres sin abrir, dos de ellos amarillentos de estar tanto tiempo guardados, y uno bien conservado, quizá reciente.
<<Menuda broma de mal gusto, trabajas más de la mitad de tu vida en una empresa, y te regalan a modo de despedida lo que siempre has tenido entre manos, para que no los olvides. Tiene cojones...>> pensaba para sí mientras fumaba un cigarro tras otro.
Cartas extraviadas, que nunca llegarían a su destino por culpa de algún cartero inútil, o el motivo que fuese. Poco le importaba a Pablo, pues le molestaba aún más el hecho de haberlas recibido como regalo.
<<¡Mire el lado bueno señor Lozano! Al menos podrá entretenerse con la vida de los demás>> imaginaba que decía sonriente su jefe, más joven que él, mientras daba la ultima calada al cigarro.
A medio camino entre la ira y la desgana, cogió uno de los dos sobres viejos y lo observó. El remitente era un tal Sergio. El destinatario, Ramiro. Conforme Pablo miraba esos nombres alternativamente, se sentía cada vez más frustrado, y por despecho lo abrió y sacó la carta con brusquedad, la desdobló, tiró el sobre al suelo y comenzó a leer:


<<Querido Ramiro,
Hace cerca de un mes que no tienes noticias de mí, y siento mi silencio, pero he estado demasiado ocupado conmigo mismo como para sentarme tranquilamente a escribirte acerca de todo lo que ha pasado. Bien sabes todo mi periplo con Marina, pues desde que llegué a Granada a trabajar, sobre estas fechas hará ya un año, no hay tarea o distracción que saque de mi cabeza a esa mujer, y por ello tú, mi confidente, has sido testigo de mi historia. Si he callado durante este tiempo ha sido debido a que, como bien sabes por mi última carta, he descubierto a dónde suele ir cada viernes tras salir del trabajo. Pensándolo en frío, cualquier persona que leyese esto me vería como a un loco, o un pervertido, pero tú sabes que no es así. Te lo juro, Ramiro, me odio, soy un fracaso. ¿Acaso puedo atreverme a soñarla entre mis brazos? ¡Más aún! A mirarla a los ojos siquiera, si tan sólo soy lo que siempre he sido, pues en mi vida no ha habido más avance que el del tiempo y la rutina de otro día más. Hoy quisiera estar infinitamente lejos de aquí, volver a la infancia o a los días de instituto con vosotros allí, en Barcelona. Pero no, me vi obligado a ir al sur, donde la sangre es más caliente, ¡y bien lo sé! Porque ya de por sí la mía propia hierve al ver a esta mujer. De hecho, apenas he salido del piso por miedo a verla... hasta hace poco.
Resulta que, pocos días antes de enviarte mi última carta tuve, si se le puede llamar así, el coraje necesario como para seguirla por las calles de Granada. Te preguntarás por qué no te lo conté, y se debe a que no podía admitir el haber hecho semejante estupidez, me avergonzaba demasiado. El primer viernes no tuve éxito y la perdí en la Plaza de la Trinidad, por lo que volví derrotado a mi piso. Pero una semana después, envalentonado Dios sabe por qué, lo volví a intentar. Tal fue mi sorpresa al verla coger un autobús en la Gran Vía que se dirigía hacia las afueras (la oí decir en la oficina que vive en el centro), que apunté el número de la línea y volví a casa, esta vez motivado. Y como bien dicen, a la tercera va la vencida. Al viernes siguiente la seguí y cogí el mismo autobús que ella con cuidado de que no me viese. Bajó en el polígono de Cartuja, y yo hice lo propio. Esperé sentado mientras la veía alejarse hacia las afueras. Más allá se distinguía lo que parecía un complejo comercial. Manteniendo las distancias y con el corazón revolucionado, seguí sus pasos de lejos. Qué difícil me parecía el mero hecho de andar, pues las piernas me temblaban más que el corazón, y viceversa. Y a pesar de esto, andaba cual autómata. Para cuando me quise dar cuenta me encontraba dentro del centro comercial. Distinguí a Marina entre toda esa marea de gente, entrando a un café.
Vi cómo se sentaba a la barra, por lo que yo me senté al fondo. No había mucha gente, creo recordar, si acaso una pareja , un grupo de amigos que ocupaban dos mesas comentando algo de una película, un viejo al otro extremo de la barra y dos chicas jóvenes que se iban del local. Observé cómo Marina pedía algo mientras se quitaba el abrigo y lo extendía sobre su regazo. Miró a un lado y a otro, por lo que me encogí en la esquina, tapándome con la carta.
Sentí el corazón caer por la boca del estómago y rebotar contra el diafragma una y otra vez, mientras las sienes bullían y palpitaban de no se qué cosa. Para cuando me atreví a levantar la vista, la vi con la cabeza gacha, mientras se apartaba un mechón de pelo y miraba su móvil. Qué bella era, Ramiro, no puedo explicarlo con palabras por más que lo intente. Era una tortura ver cómo se definía su cuerpo ceñido al suéter, sus brazos pegados al cuerpo mientras tecleaba en el teléfono...
De repente echó una ojeada al local, parecía que andaba buscando algo. Temí que supiese de mí, de lo que hacía allí, y se me cayó el mundo al suelo, por lo que hice como que buscaba algo con la mano bajo la mesa. Para cuando me incorporé, ella miraba la salida, se levantaba y caminaba hacia fuera del local. El café se iba quedando cada vez más vacío. Pensé en levantarme y seguirla al poco, pero se acercó una camarera y me preguntó qué iba a tomar. La maldije para mis adentros y le dije de mala gana que aún no lo sabía, que me dejase pensar. Ella se retiró molesta, y con razón, diciendo que luego volvería. En ese momento me sentí mal, muy mal. ¿Qué demonios estaba haciendo con mi vida? Había llegado a Granada y me había enamorado de una extraña, ni siquiera me atrevía a hablar con ella, ¡incluso era muy probable que no supiese mi nombre! Pero allí estaba yo, sentado en un café, fracasado, valiente gilipollas que respondía mal a una camarera porque no aceptaba la cruda realidad en que se había convertido su existencia. Miré hacia arriba: un trenecito de juguete sobre unos raíles colgados del techo daba vueltas al local, sin parar. Me vi a mí mismo como maquinista de ese tren, intentando controlarlo, aún a sabiendas de que era inútil, ya que su recorrido estaba destinado a ser un círculo vicioso del que jamás podría salir. Soy el tío más penoso que te puedas echar a la cara, Ramiro. Para cuando bajé la cabeza, el local apenas tenía clientes. Vi cómo el camarero de la barra buscaba a alguien. Me levanté antes de que a su compañera le diese tiempo de volver a mi mesa a atenderme. El camarero se percató de mi acercamiento y me preguntó que dónde estaba la chica que había pedido el té verde, que si la conocía. Respondí que de vista y que, como le debía un favor, aceptase el pago de la bebida. El camarero me miró extrañado pero no preguntó, se limitó a coger el dinero y a continuar su labor. Para cuando salí del café Marina aún no había vuelto, ni la veía por allí, y me volví a sentir idiota. Me dirigí a la salida de aquel centro comercial de las afueras de Granada y salí a la calle. Hacía frío, más de lo habitual, por lo que esperé sentado a coger el bus.
Ahora mismo estoy en la mesita del salón, escribiendo estas líneas sin saber qué hacer después. Han pasado unos días tras lo que te he contado, y ver a Marina en el trabajo ya no es lo mismo. Cuando antes era una visión esperanzadora, una dama, ¡la Beatriz de mi Divina Comedia!, hoy es una femme fatale cuya visión no hace sino reconcomer mi alma empezando por el corazón y extendiéndose hasta las puntas de los dedos. Me odio, me odio demasiado como para volver al trabajo y sufrir su presencia a la par que ella desconoce mi existencia. Me gustaría volver a Barcelona, pero ya no tengo nada que hacer allí. Si acaso estás tú, pero ¿qué pinto yo allí? Tú ya tienes la vida hecha, estás casado y con dos hijos pequeños. Yo ya no tengo nada, y creo que va siendo hora de irse.>>

Pablo apartó la vista de la carta de Sergio, cogió el sobre del suelo, lo alisó y metió el papel en ella. Empezaba el sol a hundirse tras las montañas, por lo que decidió prender la luz de la pequeña terraza. Miró de nuevo el sobre abierto y al entrar al piso lo dejó en el mueble, junto a la televisión. Se había quedado un tanto helado leyendo toda esa misiva. Por su cabeza paseaban fantasmas que para nada conocía, pero que sentía cercanos. Fue al mueble-bar y sacó una botella de Jack Daniels junto a un vaso ancho. De vuelta a su asiento, miró los dos sobres restantes, dudando si abrirlos o no. Se sentó en el sillón mientras miraba el sol caer.

Empezaba a hacer frío mientras se preguntaba cuánto tiempo había pasado esa carta perdida, qué habría sido del triste y enamorado Sergio, del desconocido Ramiro, de la bella chica... El recién jubilado abrió la botella y dejó el vaso a medio llenar mientras alternaba la vista entre los sobres restantes: uno viejo, uno nuevo. <<Qué demonios, vamos a por el viejo>>, pensó mientras cogía la carta que estaba más arriba. El remite era Marina, el destinatario, Irene. La abrió con cuidado y sacó el papel. Dudó un instante, para luego coger un cigarro y encenderlo. Dio un par de caladas empezó la lectura:


<<Querida Irene,
Te sorprenderá que te escriba por correo ordinario, pero me fío mucho más del papel que de un ordenador, sobre todo teniendo en cuenta que lo que voy a contarte es bastante íntimo. Si esta carta acabase perdida no supondría mucho problema, al fin y al cabo sólo es papel y no hay más datos que mi nombre. A pesar de que hablamos poco, estás más o menos enterada de lo mal que me va con Javi. Es demasiado pasivo, no hacemos nada y, para el poco tiempo que tenemos de estar juntos, él prefiere que nos quedemos en casa viendo una película, o viendo el fútbol mientras que yo, según él, estoy <<haciendo mis cosas>>. Qué te voy a contar que no te haya dicho antes... pero es que ya ni follamos, ya va para dos meses que no hacemos nada, de hecho parece que hemos cambiado el sexo por las discusiones.
El caso es, que hace cosa de un mes y medio llegó un alto ejecutivo de otra empresa y parece que quiere absorber la nuestra. Lo curioso es que durante la reunión que tuvieron mis jefes con él hube de llevarles café, y pude apreciar cómo me miraba más de lo normal. Al principio me dio bastante asco, al fin y al cabo no es agradable que un viejo babee y te incomode con esa mirada lasciva, pero al rato, y no se por qué, me empezó a gustar ese detalle. He pasado mucho tiempo dándole vueltas al tema, llegando a dormir poco, y lo único a lo que puedo atribuir semejante sensación es a la falta de sexo, o de cariño, atención... ¡Lo cual es un tanto perverso! Es decir, sé que no soy joven como antes, ¡pero tampoco soy una vieja cuarentona! ¿Cómo me puede atraer un hombre que me saca como veinte años? Pero esto sólo es el principio.
Un par de semanas después de la reunión se presentó de nuevo en la oficina y estuvo hablando con mi jefe un rato, y cuando parecía que salía de su despacho, me fui al baño para no verlo. Estuve allí encerrada como unos diez minutos, y cuando pensé que ya se habría ido, salí. Tal fue mi sorpresa al darme de bruces con él que no supe articular palabra alguna. De verdad Irene, qué vergüenza más grande el verlo allí plantado, más bajo que yo, mientras no dejaba de balbucear tonterías. Sólo recuerdo haber dicho una cosa, <<trabajo>>. ¡Trabajo! Menuda estupidez más grande. Cuando por fin dejé de soltar incoherencias, él me entregó una tarjeta mientras sonreía y me invitaba a llamarlo. Le dije que estaba casada y el me respondió que no era celoso. Vaya broma de mal gusto... que a mi me gustó.
Hubo de pasar una semana para que me atreviese a telefonearlo. El detonante fue ver a Javi sentado viendo la televisión mientras yo tendía una lavadora. Le pedí que me ayudase y él dijo que cómo se me ocurría molestarlo. Yo no merezco semejante trato, ni yo ni nadie. Discutimos y, para no pelear más, me fui a las afueras de Granada, a una cafetería de un centro comercial. Pasé buena parte de la tarde dando vueltas al té verde y a la tarjeta de Ernesto (ni me había fijado en el nombre cuando me la entregó, pues sólo miraba el número que ya había memorizado) y pensé que podía contactar con él. Algo dentro de mí decía que estaba mal quedar con aquel hombre, pero algo aún más fuerte decía que lo que estaba verdaderamente mal era ser maltratada psicológicamente por Javi. Envalentonada por el repentino odio a mi marido, marqué su número. Cogió el teléfono al tercer pitido. Le dije quién era y se alegró de escucharme. Estuvimos hablando como diez minutos exclusivamente de mí. Cuando le preguntaba por él, sólo obtenía respuestas vagas. Pude descubrir que estaba divorciado, que vivía en Barcelona y que no tenía hijos... y que pagaba muy bien a sus empleados.


Pero sin duda alguna lo que más me chocó fue su sinceridad antes de colgar. Me dijo algo así: <<Escúchame Marina, no soy un hombre normal. He vivido lo suficiente como para saber que es mejor tener las ideas claras y el café espeso y caliente. Podemos vernos cuando mejor te venga, pero no esperes amor de mi, ni rosas ni detalles y esas gilipolleces que tanto gustan a las niñas tontas. Mis gustos difieren bastante de lo típico aceptado socialmente. Pero claro, cada uno tiene sus más íntimos secretos bien guardados. Los míos los llevo a la práctica con regularidad y los he adaptado a mi forma de vida. Así que ya lo sabes. Cuando quieras, llámame y te invito a un té verde.>> Colgó y me quedé sin saber qué hacer o decir. ¿Cómo diablos sabía que me gustaba ese tipo de té? Me bebí de un trago lo que quedaba en la taza me fui.
Quedamos un par de veces en el café El Tren, lugar desde el cual lo llamé por primera vez, pero siempre separados. Era bastante raro, pues cuando yo llegaba él ya estaba allí, no nos saludábamos nunca, pero pasado un tiempo salía del local y me llamaba desde el baño del centro comercial para que fuese con él. La primera vez que fui no me pude creer dónde me había metido. ¡Era un sadomasoquista! No me extrañó ver que llevaba una bandolera, pero que llevase instrumentos tan sádicos me dejó de piedra. Por un momento quise echar a correr, y a punto estuve de hacerlo, aunque al mirarlo a los ojos vi que, si me iba de allí, volvería mi rutina de trabajo en la oficina y trabajo en casa. Ambos lo sabíamos, y él mucho mejor que yo. Aquel día fue la primera vez que me dominaron, y como Ernesto lo sabía, no fue muy duro conmigo. A la semana siguiente, fue más de lo mismo. Hoy es sábado y estoy un poco magullada. Ayer fue la tercera vez que quedamos, en el mismo café. Ernesto me obliga a llamarlo <<mi amo>> o <<mi señor>>, y lo de ayer fue... cada vez más sádico.
Llegué a la cafetería y él, como siempre, salió antes que yo. Irene, jamás me he sentido tan viva como con ese hombre. Siempre lo hacemos en la misma cabina de los baños que hay fuera del local, que son bastante amplios. Cuando se quedaron vacíos me ató las manos a la espalda con cuerdas de esparto, pasándola tras el inodoro para mantenerme pegada a la cisterna. También me ató las piernas flexionándolas sobre sí mismas, para luego sujetarlas a ambos lados del baño, y así me tuvo abierta e indefensa para él. Pude verlo sonreír con malicia y me asusté a la par que empezaba excitarme y respirar con fuerza. Me descubrió mirándolo y me cogió del mentón mientras me mandaba cerrar los ojos. Los cerré con fuerza y me puso una venda rasgada con la que, si abría los ojos, podía verlo a él, muy borroso. Acto seguido me introdujo una bola en la boca y la ató con una correa alrededor de mi cabeza. Hasta ese día la cosa no había pasado de follarme mientras me fustigaba, tiraba del pelo, insultaba... pero aquello rozaba la locura. En cierto momento levantó la venda y me mostró un mango negro, corto, como una caja. No supe para qué demonios era aquello, pero poco tardé en descubrirlo. Sentí una descarga eléctrica en el clítoris y chillé a través de la mordaza. Recibí un guantazo. Me dijo que cada vez que chillase me abofetearía más fuerte. Pasé del miedo y el placer, al puro terror, y volví al placer, como un círculo vicioso. Alternaba las descargas el clítoris con los talones, los pezones... de vez en cuando lo acercaba a mi cara y yo gemía de terror mientras él se masturbaba. Ayer viví mi primera experiencia como sumisa, y lo del táser fue sólo el principio. Luego pasó a usar fustas, vibradores, paletas y cera caliente, mientras yo veía vagamente aquella macabra escena a través de la venda raída y sin poder gritar. Cuando entraba alguien al baño, me follaba sin descanso asfixiándome y escupiéndome, y cuando salían, volvía a jugar conmigo. Pensé en el té que había pedido y que probablemente no bebería, pero poco me importaba ya.
Cuando acabamos, me desató y dio agua oxigenada para desinfectar las heridas que habían abierto las cuerdas en mis muñecas, me besó la mejilla donde más me había abofeteado y salió sin apenas despedirse. Hoy, como te he dicho, me noto cansada pero con ganas de volver a ver a Ernesto.
Por su parte Javi apenas me mira, y ni siquiera se ha percatado de las marcas de las manos. Tampoco me preocupa que vea alguna herida o quemadura, pues como ya he dicho, ya no follamos. Lo que sí me preocupa es mi futuro con Ernesto.



Estoy planteándome dejar a Javi e irme a Barcelona a trabajar para mi amo. Creo que me estoy enamorando de él, y no debería porque no merezco su afecto... ahora me veo en un momento decisivo de mi vida: o sigo sirviendo a un marido cabrón que ya no me ama o sirvo a un amo cabrón que jamás me amará. Y creo que ya tengo la respuesta.>>


El primer pensamiento que llegó a la cabeza de Pablo fue un <<no puede ser>>. Seguía en estado de shock al haber leído semejante misiva, tan explícita y gráfica. No esperaba para nada una confesión sadomasoquista de una joven, y de hecho él mismo se había excitado leyéndola, pero lo que más lo sorprendió fue la extraña coincidencia, la relación entre la carta de Marina y la de Sergio. Volvió al salón y cogió del mueble la que antes había leído. Las comparó y supo, casi con total seguridad, que la Marina de la que hablaba Sergio era la misma joven sumisa que había escrito la segunda carta. Qué extraña situación veía en todo aquello. Pablo se sintió testigo de dos historias de amor, pero de dos tipos de amor distintos. Entonces, pensó en la tercera y última carta, la que parecía ser nueva. El sol había desaparecido y el color del cielo se descomponía en el horizonte. Salió al balcón, cogió el sobre mientras se sentaba en el sillón y lo abrió:



<<¡Maldita sea tu estampa Julián!,
¡Y maldito el día en que acepté tu oferta! Si llego a saber lo pesado que puedes llegar a ser, te mando a tomar por culo a ti y a tu editor y a mis representantes, y a todo Dios. Pero bueno, cuando un hombre dice algo, es como si ya lo ha hecho, no puede retractarse. Así que tras este pequeño inciso, continúo. Ya sabes, no te daré nombre alguno, así que deja de joderme pidiéndomelos.
Tras alcanzar la presidencia en la empresa, empecé a aplicar toda esa política de la que te hablé en la anterior carta, y cansado de haber dado la vuelta al sistema que llevaba la compañía decidí tomarme un descanso y pasar unas breves vacaciones al sur de España. Como me hablaron muy bien de Granada y a mi no me importaba a dónde ir, pues allí me dirigí. Obviamente, no podía decir que iba a echar unos días de placer así por las buenas, pues llevaba sólo un mes al mando y según mis consejeros, <<no sería bien visto por los demás ejecutivos>>. Como bien sabrás, a mi todo eso me importa un carajo, pero hay que mantener las formas si apuntas alto, por lo que me excusé alegando que iba a absorber una empresa granadina que nos beneficiaba sobremanera. Que por cierto, ya ni recuerdo a qué diablos se dedicaba.
Sea como fuere, de aquel viaje saqué algo de provecho. Como ya te he contado, desde que tengo conocimiento de mi sexualidad me inclino por las prácticas menos habituales, y es un problema porque a menos que te muevas por esos círculos no vas a encontrar a nadie dispuesto a ello. Pero no, a mi para nada me gusta tener la facilidad de que una tía me deje atarla y dominarla así por las buenas. ¿Dónde está el morbo si ella pide tu polla? No hay magia alguna, ni esa sensación de sumisión real, digo yo que tú me entiendes... El caso es que durante mi escapada turística, en la primera reunión mientras el presidente de la compañía esa me soltaba un rollo del que apenas recuerdo nada, apareció su secretaria personal y nos trajo café. ¿Que por qué cuento esto? Parece un detalle sin importancia pero todo tiene un por qué. La tía estaba bien buena, y cuando se percató de que la examinaba de arriba a abajo me miró con asco. Ese fue el punto culmen de todo aquello: el tío echándome la charla de las ventajas por ambas partes si absorbíamos su empresa y más historias que me importaban bien poco, la secretaria pululando sirviendo café a todos los allí presentes con la atención puesta en mí, y yo con todo mi maravilloso descaro natural comiéndomela con la mirada.
<<Esa puta tiene que ser mía>> pensaba cada vez que la veía. La reunión acabó pronto. Obviamente cerré el trato, no para beneficio de nuestra compañía, sino para seguir viendo a aquella preciosidad.



Cerca de medio mes después o por ahí, volví a bajar a Granada y estuve hablando con el directivo lameculos, haciendo tiempo mientras buscaba con la mirada a la secretaria. La descubrí en su mesa observándome de lejos. Hizo como si no me hubiese visto y agachó la cabeza, por lo que decidí hacerme el tonto y hacer como que no me había dado cuenta de ello. Le di la espalda y seguí escuchando al Sr. Pelota. Para cuando pude escaparme al baño me di de bruces con la secretaria buenorra y se asustó. El miedo y el asco en sus ojos me excitó sobremanera, y conforme balbuceaba incoherencias, más ganas tenía de dominarla, por lo que le di una tarjeta con mi nombre y la dejé marchar. Se le veía en los ojos que estaba jodida y necesitaba un cambio en su vida. No te puedo explicar por qué puedo asegurarlo, es sólo que tengo un don natural para ver cómo es realmente la gente.
El caso es que unos días después me llamó y empezamos a hablar. Tras informarme bien de ella ratifiqué mis suposiciones y le dije que me llamase para quedar. Fui bastante sincero y directo.
Está claro que no le dije que iba a follarla así por las buenas, pero lo dejé caer de forma que fuese bien evidente, y dejando claro que aquello no era una relación, que era sexo a mi gusto y sin ningún compromiso. Ella no supo interpretar eso de <<a mi gusto>> pero aceptó. El viernes de esa misma semana nos vimos por primera vez extraoficialmente en un café de las afueras, en un centro comercial. Fue tal y como planeábamos: llegué antes y pedí café sólo, ella apreció al rato, y me fui al baño a esperarla. Lo mismo ocurrió a la semana siguiente. Durante esos dos días el sexo fue simple, pero empecé a usar una vara y una fusta, y al ver que ella no ofrecía demasiada resistencia, decidí pasar a mayores la siguiente semana.
El tercer viernes que nos vimos llevé una bandolera con un táser, cuerdas de esparto, fustas... todo lo que necesitaba para jugar vaya. Pedí café sólo mientras aguardaba su llegada. Cuando me reconoció al fondo de la barra agachó la cabeza. Al poco entró un chaval que no dejaba de mirarla. Me jode un poco que la gente se fije en lo mismo que yo, y ese desgraciado observándola al fondo del local, no era excepción, así que procuré recordar su cara por si lo volvía a ver rondándola. En caso de ser así, haría algo al respecto. Ella por su parte pidió su usual té verde mientras se quitaba el abrigo. Decidido, salí del local en dirección a los baños, para preparar el compartimento que siempre usábamos. Llegó unos minutos después y se asustó al ver el panorama. La mandé sentar en el baño y la até al urinario mientras ella dudaba de todo aquello. Rasgué su suéter y sus pantalones con un cuchillo mientras ella miraba asustada. Para entonces yo ya estaba demasiado excitado como para esperar. Me apresuré a atarla abierta de piernas, amordazarla y ponerle una capucha en la cabeza. Ella empezó a respirar con fuerza y al poco le mostré el táser que acababa de sacar. La muy puta no tenía ni idea de lo que era y estaba acojonada. Se lo acerqué al coño y lo utilicé en su clítoris. Chilló. Le di una bofetada y le impuse las normas de aquel juego. Así, seguí martirizándola, Dios sabe cuanto estuve así. Cuando entraba alguien me la follaba a lo bestia, escupiéndole y asfixiándola. Cada vez que ella ahogaba un grito yo me corría dentro suya, así que imagínate la de viagra que me metí en el cuerpo para aguantar ese maratón. Usé todo mi arsenal con esa puta. Al acabar la sesión, ella me miró con miedo y placer. Por una vez me dio un poco de pena y le di agua oxigenada para lavarse las heridas de las muñecas, pero debía hacerlo delante mía. Quería disfrutar lo máximo posible de aquel nuevo juguete. Julián, ¡había creado mi propia sumisa en una sola sesión! Encima la muy cerda estaba casada con un marido cabrón. Era todo lo que siempre he querido.
Y eso es lo que saqué de mi viaje a Granada: una sumisa novata, toda para mí. Ya puedes imaginar lo que pasó después, ella dejó al marido y me rogó que le permitiese venir conmigo a Barcelona. Dudé bastante, no quería que se enamorase de mi porque sería todo un problema. A día de hoy, tras diez años de la sesión sadomasoquista que te he descrito, no se exactamente si acabó sintiendo algo por mi o no, pero me la traje a Cataluña y fue mía durante bastante tiempo. La relación que tuvimos fue declinando con el tiempo por lo típico: me aburrí de jugar siempre con el mismo juguete, y más si está bastante usado por uno mismo. Pero no puede decirse que soy un cabrón, no la eché de mi casa así sin más. Le procuré un sueldo vitalicio para que tuviese donde caerse muerta. Al fin y al cabo, ha sido mi mejor juguete hasta el día de hoy.

¡Esa es la historia que tengo hoy para ti! Estarás contento cabroncete, te he dado buen material para mi biografía y encima te harás más de una paja releyendo e imaginándote en mi lugar. Puedes agradecerme tan maravilloso aporte dejando de ser tan pesado con que te cuente trozos de mi vida por carta, así que ya sabes. Un abrazo.>>



Pablo no salía de su asombro tras leer semejante documento. Podía concebir una coincidencia como la de la relación entre las dos otras cartas viejas, pero ¿tener una tercera, del viejo sadomasoquista? ¡Y en la carta decía que eso había pasado diez años atrás! ¿Cuánto tiempo tendrían las otras dos cartas? Recogió los papeles y entró al salón, cerrando tras de sí el ventanal. Había olvidado por completo su jubilación y todo lo relacionado con ella, pues estaba sumamente interesado en la historia de aquellos tres desconocidos tan cercanos a él. Se dirigió a su ordenador llevando las cartas consigo. Si el viejo había permitido a alguien escribir su biografía, era muy probable encontrarla en internet y adquirirla en alguna librería. Tras eso podría entregar las cartas que había leído a sus correspondientes autores para que éstos pudiesen reenviarlas y llegasen a sus destinatarios, a pesar de que la del viejo no tuviese mucha importancia. <<Está claro que la jubilación no puede conmigo>> pensó Pablo mientras buscaba por la red algo relacionado con el alto ejecutivo Ernesto.

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