Pablo Lozano Alarcón, recién jubilado, se hundía progresivamente en una silla de mimbre conforme veía caer el sol desde la terraza. Cuarenta años había trabajado en correos, para el día de hoy verse a sí mismo sólo y sin nada que hacer. Cobraba una pensión que no compensaba en absoluto el aburrimiento del '¿y ahora, qué?', al sentir, si bien no estaba todo hecho, que poco quedaba por hacer. A su derecha, sobre una mesita baja, había dejado tres sobres sin abrir, dos de ellos amarillentos de estar tanto tiempo guardados, y uno bien conservado, quizá reciente.
<<Menuda broma de mal gusto,
trabajas más de la mitad de tu vida en una empresa, y te regalan a
modo de despedida lo que siempre has tenido entre manos, para que no
los olvides. Tiene cojones...>> pensaba para sí mientras
fumaba un cigarro tras otro.
Cartas extraviadas, que nunca
llegarían a su destino por culpa de algún cartero inútil, o el
motivo que fuese. Poco le importaba a Pablo, pues le molestaba aún
más el hecho de haberlas recibido como regalo.
<<¡Mire el lado bueno señor
Lozano! Al menos podrá entretenerse con la vida de los demás>>
imaginaba que decía sonriente su jefe, más joven que él, mientras
daba la ultima calada al cigarro.
A medio camino entre la ira y la
desgana, cogió uno de los dos sobres viejos y lo observó. El
remitente era un tal Sergio. El destinatario, Ramiro. Conforme Pablo
miraba esos nombres alternativamente, se sentía cada vez más
frustrado, y por despecho lo abrió y sacó la carta con brusquedad,
la desdobló, tiró el sobre al suelo y comenzó a leer:
<<Querido Ramiro,
Hace cerca de un mes que no
tienes noticias de mí, y siento mi silencio, pero he estado
demasiado ocupado conmigo mismo como para sentarme tranquilamente a
escribirte acerca de todo lo que ha pasado. Bien sabes todo mi
periplo con Marina, pues desde que llegué a Granada a trabajar,
sobre estas fechas hará ya un año, no hay tarea o distracción que
saque de mi cabeza a esa mujer, y por ello tú, mi confidente, has
sido testigo de mi historia. Si he callado durante este tiempo ha
sido debido a que, como bien sabes por mi última carta, he
descubierto a dónde suele ir cada viernes tras salir del trabajo.
Pensándolo en frío, cualquier persona que leyese esto me vería
como a un loco, o un pervertido, pero tú sabes que no es así. Te lo
juro, Ramiro, me odio, soy un fracaso. ¿Acaso puedo atreverme a
soñarla entre mis brazos? ¡Más aún! A mirarla a los ojos
siquiera, si tan sólo soy lo que siempre he sido, pues en mi vida no
ha habido más avance que el del tiempo y la rutina de otro día más.
Hoy quisiera estar infinitamente lejos de aquí, volver a la infancia
o a los días de instituto con vosotros allí, en Barcelona. Pero no,
me vi obligado a ir al sur, donde la sangre es más caliente, ¡y
bien lo sé! Porque ya de por sí la mía propia hierve al ver a esta
mujer. De hecho, apenas he salido del piso por miedo a verla... hasta
hace poco.
Resulta que, pocos días antes de
enviarte mi última carta tuve, si se le puede llamar así, el coraje
necesario como para seguirla por las calles de Granada. Te
preguntarás por qué no te lo conté, y se debe a que no podía
admitir el haber hecho semejante estupidez, me avergonzaba demasiado.
El primer viernes no tuve éxito y la perdí en la Plaza de la
Trinidad, por lo que volví derrotado a mi piso. Pero una semana
después, envalentonado Dios sabe por qué, lo volví a intentar. Tal
fue mi sorpresa al verla coger un autobús en la Gran Vía que se
dirigía hacia las afueras (la oí decir en la oficina que vive en el
centro), que apunté el número de la línea y volví a casa, esta
vez motivado. Y como bien dicen, a la tercera va la vencida. Al
viernes siguiente la seguí y cogí el mismo autobús que ella con
cuidado de que no me viese. Bajó en el polígono de Cartuja, y yo
hice lo propio. Esperé sentado mientras la veía alejarse hacia las
afueras. Más allá se distinguía lo que parecía un complejo
comercial. Manteniendo las distancias y con el corazón
revolucionado, seguí sus pasos de lejos. Qué difícil me parecía
el mero hecho de andar, pues las piernas me temblaban más que el
corazón, y viceversa. Y a pesar de esto, andaba cual autómata. Para
cuando me quise dar cuenta me encontraba dentro del centro comercial.
Distinguí a Marina entre toda esa marea de gente, entrando a un
café.
Vi cómo se sentaba a la barra,
por lo que yo me senté al fondo. No había mucha gente, creo
recordar, si acaso una pareja , un grupo de amigos que ocupaban dos
mesas comentando algo de una película, un viejo al otro extremo de
la barra y dos chicas jóvenes que se iban del local. Observé cómo
Marina pedía algo mientras se quitaba el abrigo y lo extendía sobre
su regazo. Miró a un lado y a otro, por lo que me encogí en la
esquina, tapándome con la carta.
Sentí el corazón caer por la
boca del estómago y rebotar contra el diafragma una y otra vez,
mientras las sienes bullían y palpitaban de no se qué cosa. Para
cuando me atreví a levantar la vista, la vi con la cabeza gacha,
mientras se apartaba un mechón de pelo y miraba su móvil. Qué
bella era, Ramiro, no puedo explicarlo con palabras por más que lo
intente. Era una tortura ver cómo se definía su cuerpo ceñido al
suéter, sus brazos pegados al cuerpo mientras tecleaba en el
teléfono...
De repente echó una ojeada al
local, parecía que andaba buscando algo. Temí que supiese de mí,
de lo que hacía allí, y se me cayó el mundo al suelo, por lo que
hice como que buscaba algo con la mano bajo la mesa. Para cuando me
incorporé, ella miraba la salida, se levantaba y caminaba hacia
fuera del local. El café se iba quedando cada vez más vacío. Pensé
en levantarme y seguirla al poco, pero se acercó una camarera y me
preguntó qué iba a tomar. La maldije para mis adentros y le dije de
mala gana que aún no lo sabía, que me dejase pensar. Ella se retiró
molesta, y con razón, diciendo que luego volvería. En ese momento
me sentí mal, muy mal. ¿Qué demonios estaba haciendo con mi vida?
Había llegado a Granada y me había enamorado de una extraña, ni
siquiera me atrevía a hablar con ella, ¡incluso era muy probable
que no supiese mi nombre! Pero allí estaba yo, sentado en un café,
fracasado, valiente gilipollas que respondía mal a una camarera
porque no aceptaba la cruda realidad en que se había convertido su
existencia. Miré hacia arriba: un trenecito de juguete sobre unos
raíles colgados del techo daba vueltas al local, sin parar. Me vi a
mí mismo como maquinista de ese tren, intentando controlarlo, aún a
sabiendas de que era inútil, ya que su recorrido estaba destinado a
ser un círculo vicioso del que jamás podría salir. Soy el tío más
penoso que te puedas echar a la cara, Ramiro. Para cuando bajé la
cabeza, el local apenas tenía clientes. Vi cómo el camarero de la
barra buscaba a alguien. Me levanté antes de que a su compañera le
diese tiempo de volver a mi mesa a atenderme. El camarero se percató
de mi acercamiento y me preguntó que dónde estaba la chica que
había pedido el té verde, que si la conocía. Respondí que de
vista y que, como le debía un favor, aceptase el pago de la bebida.
El camarero me miró extrañado pero no preguntó, se limitó a coger
el dinero y a continuar su labor. Para cuando salí del café Marina
aún no había vuelto, ni la veía por allí, y me volví a sentir
idiota. Me dirigí a la salida de aquel centro comercial de las
afueras de Granada y salí a la calle. Hacía frío, más de lo
habitual, por lo que esperé sentado a coger el bus.
Ahora mismo estoy en la mesita del
salón, escribiendo estas líneas sin saber qué hacer después. Han
pasado unos días tras lo que te he contado, y ver a Marina en el
trabajo ya no es lo mismo. Cuando antes era una visión
esperanzadora, una dama, ¡la Beatriz de mi Divina Comedia!, hoy es
una femme fatale cuya visión no hace sino reconcomer mi alma
empezando por el corazón y extendiéndose hasta las puntas de los
dedos. Me odio, me odio demasiado como para volver al trabajo y
sufrir su presencia a la par que ella desconoce mi existencia. Me
gustaría volver a Barcelona, pero ya no tengo nada que hacer allí.
Si acaso estás tú, pero ¿qué pinto yo allí? Tú ya tienes la
vida hecha, estás casado y con dos hijos pequeños. Yo ya no tengo
nada, y creo que va siendo hora de irse.>>
Pablo apartó la vista de la carta
de Sergio, cogió el sobre del suelo, lo alisó y metió el papel en
ella. Empezaba el sol a hundirse tras las montañas, por lo que
decidió prender la luz de la pequeña terraza. Miró de nuevo el
sobre abierto y al entrar al piso lo dejó en el mueble, junto a la
televisión. Se había quedado un tanto helado leyendo toda esa
misiva. Por su cabeza paseaban fantasmas que para nada conocía, pero
que sentía cercanos. Fue al mueble-bar y sacó una botella de Jack
Daniels junto a un vaso ancho. De vuelta a su asiento, miró los dos
sobres restantes, dudando si abrirlos o no. Se sentó en el sillón
mientras miraba el sol caer.
Empezaba a hacer frío mientras se
preguntaba cuánto tiempo había pasado esa carta perdida, qué
habría sido del triste y enamorado Sergio, del desconocido Ramiro,
de la bella chica... El recién jubilado abrió la botella y dejó el
vaso a medio llenar mientras alternaba la vista entre los sobres
restantes: uno viejo, uno nuevo. <<Qué demonios, vamos a por
el viejo>>, pensó mientras cogía la carta que estaba más
arriba. El remite era Marina, el destinatario, Irene. La abrió con
cuidado y sacó el papel. Dudó un instante, para luego coger un
cigarro y encenderlo. Dio un par de caladas empezó la lectura:
<<Querida Irene,
Te sorprenderá que te
escriba por correo ordinario, pero me fío mucho más del papel que
de un ordenador, sobre todo teniendo en cuenta que lo que voy a
contarte es bastante íntimo. Si esta carta acabase perdida no
supondría mucho problema, al fin y al cabo sólo es papel y no hay
más datos que mi nombre. A pesar de que hablamos poco, estás más o
menos enterada de lo mal que me va con Javi. Es demasiado pasivo, no
hacemos nada y, para el poco tiempo que tenemos de estar juntos, él
prefiere que nos quedemos en casa viendo una película, o viendo el
fútbol mientras que yo, según él, estoy <<haciendo mis
cosas>>. Qué te voy a contar que no te haya dicho antes...
pero es que ya ni follamos, ya va para dos meses que no hacemos nada,
de hecho parece que hemos cambiado el sexo por las discusiones.
El caso es, que hace cosa de un
mes y medio llegó un alto ejecutivo de otra empresa y parece que
quiere absorber la nuestra. Lo curioso es que durante la reunión que
tuvieron mis jefes con él hube de llevarles café, y pude apreciar
cómo me miraba más de lo normal. Al principio me dio bastante asco,
al fin y al cabo no es agradable que un viejo babee y te incomode con
esa mirada lasciva, pero al rato, y no se por qué, me empezó a
gustar ese detalle. He pasado mucho tiempo dándole vueltas al tema,
llegando a dormir poco, y lo único a lo que puedo atribuir semejante
sensación es a la falta de sexo, o de cariño, atención... ¡Lo
cual es un tanto perverso! Es decir, sé que no soy joven como antes,
¡pero tampoco soy una vieja cuarentona! ¿Cómo me puede atraer un
hombre que me saca como veinte años? Pero esto sólo es el
principio.
Un par de semanas después de la
reunión se presentó de nuevo en la oficina y estuvo hablando con mi
jefe un rato, y cuando parecía que salía de su despacho, me fui al
baño para no verlo. Estuve allí encerrada como unos diez minutos, y
cuando pensé que ya se habría ido, salí. Tal fue mi sorpresa al
darme de bruces con él que no supe articular palabra alguna. De
verdad Irene, qué vergüenza más grande el verlo allí plantado,
más bajo que yo, mientras no dejaba de balbucear tonterías. Sólo
recuerdo haber dicho una cosa, <<trabajo>>. ¡Trabajo!
Menuda estupidez más grande. Cuando por fin dejé de soltar
incoherencias, él me entregó una tarjeta mientras sonreía y me
invitaba a llamarlo. Le dije que estaba casada y el me respondió que
no era celoso. Vaya broma de mal gusto... que a mi me gustó.
Hubo de pasar una semana para que
me atreviese a telefonearlo. El detonante fue ver a Javi sentado
viendo la televisión mientras yo tendía una lavadora. Le pedí que
me ayudase y él dijo que cómo se me ocurría molestarlo. Yo no
merezco semejante trato, ni yo ni nadie. Discutimos y, para no pelear
más, me fui a las afueras de Granada, a una cafetería de un centro
comercial. Pasé buena parte de la tarde dando vueltas al té verde y
a la tarjeta de Ernesto (ni me había fijado en el nombre cuando me
la entregó, pues sólo miraba el número que ya había memorizado) y
pensé que podía contactar con él. Algo dentro de mí decía que
estaba mal quedar con aquel hombre, pero algo aún más fuerte decía
que lo que estaba verdaderamente mal era ser maltratada
psicológicamente por Javi. Envalentonada por el repentino odio a mi
marido, marqué su número. Cogió el teléfono al tercer pitido. Le
dije quién era y se alegró de escucharme. Estuvimos hablando como
diez minutos exclusivamente de mí. Cuando le preguntaba por él,
sólo obtenía respuestas vagas. Pude descubrir que estaba
divorciado, que vivía en Barcelona y que no tenía hijos... y que
pagaba muy bien a sus empleados.
Pero sin duda alguna lo que más
me chocó fue su sinceridad antes de colgar. Me dijo algo así:
<<Escúchame Marina, no soy un hombre normal. He vivido lo
suficiente como para saber que es mejor tener las ideas claras y el
café espeso y caliente. Podemos vernos cuando mejor te venga, pero
no esperes amor de mi, ni rosas ni detalles y esas gilipolleces que
tanto gustan a las niñas tontas. Mis gustos difieren bastante de lo
típico aceptado socialmente. Pero claro, cada uno tiene sus más
íntimos secretos bien guardados. Los míos los llevo a la práctica
con regularidad y los he adaptado a mi forma de vida. Así que ya lo
sabes. Cuando quieras, llámame y te invito a un té verde.>>
Colgó y me quedé sin saber qué hacer o decir. ¿Cómo diablos
sabía que me gustaba ese tipo de té? Me bebí de un trago lo que
quedaba en la taza me fui.
Quedamos un par de veces en el
café El Tren, lugar desde el cual lo llamé por primera vez, pero
siempre separados. Era bastante raro, pues cuando yo llegaba él ya
estaba allí, no nos saludábamos nunca, pero pasado un tiempo salía
del local y me llamaba desde el baño del centro comercial para que
fuese con él. La primera vez que fui no me pude creer dónde me
había metido. ¡Era un sadomasoquista! No me extrañó ver que
llevaba una bandolera, pero que llevase instrumentos tan sádicos me
dejó de piedra. Por un momento quise echar a correr, y a punto
estuve de hacerlo, aunque al mirarlo a los ojos vi que, si me iba de
allí, volvería mi rutina de trabajo en la oficina y trabajo en
casa. Ambos lo sabíamos, y él mucho mejor que yo. Aquel día fue la
primera vez que me dominaron, y como Ernesto lo sabía, no fue muy
duro conmigo. A la semana siguiente, fue más de lo mismo. Hoy es
sábado y estoy un poco magullada. Ayer fue la tercera vez que
quedamos, en el mismo café. Ernesto me obliga a llamarlo <<mi
amo>> o <<mi señor>>, y lo de ayer fue... cada vez
más sádico.
Llegué a la cafetería y él,
como siempre, salió antes que yo. Irene, jamás me he sentido tan
viva como con ese hombre. Siempre lo hacemos en la misma cabina de
los baños que hay fuera del local, que son bastante amplios. Cuando
se quedaron vacíos me ató las manos a la espalda con cuerdas de
esparto, pasándola tras el inodoro para mantenerme pegada a la
cisterna. También me ató las piernas flexionándolas sobre sí
mismas, para luego sujetarlas a ambos lados del baño, y así me tuvo
abierta e indefensa para él. Pude verlo sonreír con malicia y me
asusté a la par que empezaba excitarme y respirar con fuerza. Me
descubrió mirándolo y me cogió del mentón mientras me mandaba
cerrar los ojos. Los cerré con fuerza y me puso una venda rasgada
con la que, si abría los ojos, podía verlo a él, muy borroso. Acto
seguido me introdujo una bola en la boca y la ató con una correa
alrededor de mi cabeza. Hasta ese día la cosa no había pasado de
follarme mientras me fustigaba, tiraba del pelo, insultaba... pero
aquello rozaba la locura. En cierto momento levantó la venda y me
mostró un mango negro, corto, como una caja. No supe para qué
demonios era aquello, pero poco tardé en descubrirlo. Sentí una
descarga eléctrica en el clítoris y chillé a través de la
mordaza. Recibí un guantazo. Me dijo que cada vez que chillase me
abofetearía más fuerte. Pasé del miedo y el placer, al puro
terror, y volví al placer, como un círculo vicioso. Alternaba las
descargas el clítoris con los talones, los pezones... de vez en
cuando lo acercaba a mi cara y yo gemía de terror mientras él se
masturbaba. Ayer viví mi primera experiencia como sumisa, y lo del
táser fue sólo el principio. Luego pasó a usar fustas, vibradores,
paletas y cera caliente, mientras yo veía vagamente aquella macabra
escena a través de la venda raída y sin poder gritar. Cuando
entraba alguien al baño, me follaba sin descanso asfixiándome y
escupiéndome, y cuando salían, volvía a jugar conmigo. Pensé en
el té que había pedido y que probablemente no bebería, pero poco
me importaba ya.
Cuando acabamos, me desató y dio
agua oxigenada para desinfectar las heridas que habían abierto las
cuerdas en mis muñecas, me besó la mejilla donde más me había
abofeteado y salió sin apenas despedirse. Hoy, como te he dicho, me
noto cansada pero con ganas de volver a ver a Ernesto.
Por su parte Javi apenas me mira,
y ni siquiera se ha percatado de las marcas de las manos. Tampoco me
preocupa que vea alguna herida o quemadura, pues como ya he dicho, ya
no follamos. Lo que sí me preocupa es mi futuro con Ernesto.
Estoy planteándome dejar a Javi e
irme a Barcelona a trabajar para mi amo. Creo que me estoy enamorando
de él, y no debería porque no merezco su afecto... ahora me veo en
un momento decisivo de mi vida: o sigo sirviendo a un marido cabrón
que ya no me ama o sirvo a un amo cabrón que jamás me amará. Y
creo que ya tengo la respuesta.>>
El primer pensamiento que llegó
a la cabeza de Pablo fue un <<no puede ser>>. Seguía en
estado de shock al haber leído semejante misiva, tan explícita y
gráfica. No esperaba para nada una confesión sadomasoquista de una
joven, y de hecho él mismo se había excitado leyéndola, pero lo
que más lo sorprendió fue la extraña coincidencia, la relación
entre la carta de Marina y la de Sergio. Volvió al salón y cogió
del mueble la que antes había leído. Las comparó y supo, casi con
total seguridad, que la Marina de la que hablaba Sergio era la misma
joven sumisa que había escrito la segunda carta. Qué extraña
situación veía en todo aquello. Pablo se sintió testigo de dos
historias de amor, pero de dos tipos de amor distintos. Entonces,
pensó en la tercera y última carta, la que parecía ser nueva. El
sol había desaparecido y el color del cielo se descomponía en el
horizonte. Salió al balcón, cogió el sobre mientras se sentaba en
el sillón y lo abrió:
<<¡Maldita sea tu estampa
Julián!,
¡Y maldito el día en que
acepté tu oferta! Si llego a saber lo pesado que puedes llegar a
ser, te mando a tomar por culo a ti y a tu editor y a mis
representantes, y a todo Dios. Pero bueno, cuando un hombre dice
algo, es como si ya lo ha hecho, no puede retractarse. Así que tras
este pequeño inciso, continúo. Ya sabes, no te daré nombre alguno,
así que deja de joderme pidiéndomelos.
Tras alcanzar la presidencia en la
empresa, empecé a aplicar toda esa política de la que te hablé en
la anterior carta, y cansado de haber dado la vuelta al sistema que
llevaba la compañía decidí tomarme un descanso y pasar unas breves
vacaciones al sur de España. Como me hablaron muy bien de Granada y
a mi no me importaba a dónde ir, pues allí me dirigí. Obviamente,
no podía decir que iba a echar unos días de placer así por las
buenas, pues llevaba sólo un mes al mando y según mis consejeros,
<<no sería bien visto por los demás ejecutivos>>. Como
bien sabrás, a mi todo eso me importa un carajo, pero hay que
mantener las formas si apuntas alto, por lo que me excusé alegando
que iba a absorber una empresa granadina que nos beneficiaba
sobremanera. Que por cierto, ya ni recuerdo a qué diablos se
dedicaba.
Sea como fuere, de aquel viaje
saqué algo de provecho. Como ya te he contado, desde que tengo
conocimiento de mi sexualidad me inclino por las prácticas menos
habituales, y es un problema porque a menos que te muevas por esos
círculos no vas a encontrar a nadie dispuesto a ello. Pero no, a mi
para nada me gusta tener la facilidad de que una tía me deje atarla
y dominarla así por las buenas. ¿Dónde está el morbo si ella pide
tu polla? No hay magia alguna, ni esa sensación de sumisión real,
digo yo que tú me entiendes... El caso es que durante mi escapada
turística, en la primera reunión mientras el presidente de la
compañía esa me soltaba un rollo del que apenas recuerdo nada,
apareció su secretaria personal y nos trajo café. ¿Que por qué
cuento esto? Parece un detalle sin importancia pero todo tiene un por
qué. La tía estaba bien buena, y cuando se percató de que la
examinaba de arriba a abajo me miró con asco. Ese fue el punto
culmen de todo aquello: el tío echándome la charla de las ventajas
por ambas partes si absorbíamos su empresa y más historias que me
importaban bien poco, la secretaria pululando sirviendo café a todos
los allí presentes con la atención puesta en mí, y yo con todo mi
maravilloso descaro natural comiéndomela con la mirada.
<<Esa puta tiene que ser mía>>
pensaba cada vez que la veía. La reunión acabó pronto. Obviamente
cerré el trato, no para beneficio de nuestra compañía, sino para
seguir viendo a aquella preciosidad.
Cerca de medio mes después o por
ahí, volví a bajar a Granada y estuve hablando con el directivo
lameculos, haciendo tiempo mientras buscaba con la mirada a la
secretaria. La descubrí en su mesa observándome de lejos. Hizo como
si no me hubiese visto y agachó la cabeza, por lo que decidí
hacerme el tonto y hacer como que no me había dado cuenta de ello.
Le di la espalda y seguí escuchando al Sr. Pelota. Para cuando pude
escaparme al baño me di de bruces con la secretaria buenorra y se
asustó. El miedo y el asco en sus ojos me excitó sobremanera, y
conforme balbuceaba incoherencias, más ganas tenía de dominarla,
por lo que le di una tarjeta con mi nombre y la dejé marchar. Se le
veía en los ojos que estaba jodida y necesitaba un cambio en su
vida. No te puedo explicar por qué puedo asegurarlo, es sólo que
tengo un don natural para ver cómo es realmente la gente.
El caso es que unos días después
me llamó y empezamos a hablar. Tras informarme bien de ella
ratifiqué mis suposiciones y le dije que me llamase para quedar. Fui
bastante sincero y directo.
Está claro que no le dije que iba
a follarla así por las buenas, pero lo dejé caer de forma que fuese
bien evidente, y dejando claro que aquello no era una relación, que
era sexo a mi gusto y sin ningún compromiso. Ella no supo
interpretar eso de <<a mi gusto>> pero aceptó. El
viernes de esa misma semana nos vimos por primera vez
extraoficialmente en un café de las afueras, en un centro comercial.
Fue tal y como planeábamos: llegué antes y pedí café sólo, ella
apreció al rato, y me fui al baño a esperarla. Lo mismo ocurrió a
la semana siguiente. Durante esos dos días el sexo fue simple, pero
empecé a usar una vara y una fusta, y al ver que ella no ofrecía
demasiada resistencia, decidí pasar a mayores la siguiente semana.
El tercer viernes que nos vimos
llevé una bandolera con un táser, cuerdas de esparto, fustas...
todo lo que necesitaba para jugar vaya. Pedí café sólo mientras
aguardaba su llegada. Cuando me reconoció al fondo de la barra
agachó la cabeza. Al poco entró un chaval que no dejaba de mirarla.
Me jode un poco que la gente se fije en lo mismo que yo, y ese
desgraciado observándola al fondo del local, no era excepción, así
que procuré recordar su cara por si lo volvía a ver rondándola. En
caso de ser así, haría algo al respecto. Ella por su parte pidió
su usual té verde mientras se quitaba el abrigo. Decidido, salí del
local en dirección a los baños, para preparar el compartimento que
siempre usábamos. Llegó unos minutos después y se asustó al ver
el panorama. La mandé sentar en el baño y la até al urinario
mientras ella dudaba de todo aquello. Rasgué su suéter y sus
pantalones con un cuchillo mientras ella miraba asustada. Para
entonces yo ya estaba demasiado excitado como para esperar. Me
apresuré a atarla abierta de piernas, amordazarla y ponerle una
capucha en la cabeza. Ella empezó a respirar con fuerza y al poco le
mostré el táser que acababa de sacar. La muy puta no tenía ni idea
de lo que era y estaba acojonada. Se lo acerqué al coño y lo
utilicé en su clítoris. Chilló. Le di una bofetada y le impuse las
normas de aquel juego. Así, seguí martirizándola, Dios sabe cuanto
estuve así. Cuando entraba alguien me la follaba a lo bestia,
escupiéndole y asfixiándola. Cada vez que ella ahogaba un grito yo
me corría dentro suya, así que imagínate la de viagra que me metí
en el cuerpo para aguantar ese maratón. Usé todo mi arsenal con esa
puta. Al acabar la sesión, ella me miró con miedo y placer. Por una
vez me dio un poco de pena y le di agua oxigenada para lavarse las
heridas de las muñecas, pero debía hacerlo delante mía. Quería
disfrutar lo máximo posible de aquel nuevo juguete. Julián, ¡había
creado mi propia sumisa en una sola sesión! Encima la muy cerda
estaba casada con un marido cabrón. Era todo lo que siempre he
querido.
Y eso es lo que saqué de mi viaje
a Granada: una sumisa novata, toda para mí. Ya puedes imaginar lo
que pasó después, ella dejó al marido y me rogó que le permitiese
venir conmigo a Barcelona. Dudé bastante, no quería que se
enamorase de mi porque sería todo un problema. A día de hoy, tras
diez años de la sesión sadomasoquista que te he descrito, no se
exactamente si acabó sintiendo algo por mi o no, pero me la traje a
Cataluña y fue mía durante bastante tiempo. La relación que
tuvimos fue declinando con el tiempo por lo típico: me aburrí de
jugar siempre con el mismo juguete, y más si está bastante usado
por uno mismo. Pero no puede decirse que soy un cabrón, no la eché
de mi casa así sin más. Le procuré un sueldo vitalicio para que
tuviese donde caerse muerta. Al fin y al cabo, ha sido mi mejor
juguete hasta el día de hoy.
¡Esa es la historia que tengo hoy
para ti! Estarás contento cabroncete, te he dado buen material para
mi biografía y encima te harás más de una paja releyendo e
imaginándote en mi lugar. Puedes agradecerme tan maravilloso aporte
dejando de ser tan pesado con que te cuente trozos de mi vida por
carta, así que ya sabes. Un abrazo.>>
Pablo no salía de su asombro tras
leer semejante documento. Podía concebir una coincidencia como la de
la relación entre las dos otras cartas viejas, pero ¿tener una
tercera, del viejo sadomasoquista? ¡Y en la carta decía que eso
había pasado diez años atrás! ¿Cuánto tiempo tendrían las otras
dos cartas? Recogió los papeles y entró al salón, cerrando tras de
sí el ventanal. Había olvidado por completo su jubilación y todo
lo relacionado con ella, pues estaba sumamente interesado en la
historia de aquellos tres desconocidos tan cercanos a él. Se dirigió
a su ordenador llevando las cartas consigo. Si el viejo había
permitido a alguien escribir su biografía, era muy probable
encontrarla en internet y adquirirla en alguna librería. Tras eso
podría entregar las cartas que había leído a sus correspondientes
autores para que éstos pudiesen reenviarlas y llegasen a sus
destinatarios, a pesar de que la del viejo no tuviese mucha
importancia. <<Está claro que la jubilación no puede
conmigo>> pensó Pablo mientras buscaba por la red algo
relacionado con el alto ejecutivo Ernesto.
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