sábado, 1 de junio de 2013

Naufragio.

     Abrir los ojos tras un duro golpe o tragar demasiada agua puede ser muy doloroso, pero el instinto de supervivencia propio de todo ser vivo es lo único que sabe plantar cara a la fuerza de la naturaleza, sino derrotarla. Venga, levanta, que todos esos barcos hundidos no han dado su madera en vano para que te quedes quieto en la arena. La ropa hecha jirones, la espada más que mellada sigue en la funda cuarteada. ¿Y de qué le sirve a un moribundo un arcabucillo con la pólvora mojada?
     
     Hoy, boca arriba y quemado por el Sol, reflexiono sobre la vida misma y tengo miedo a vivir varado en la playa tras mi naufragio. Ahí, tirado sobre la arena, a veces fina y otra rocosa, sufro al sentir la sal de las olas abrirme las heridas, sabiendo que enfrente mía hay una selva peligrosa, pero al menos está llena de víveres. Es una opción mucho más lógica y sana que quedarme en esta playa desierta en la que por casualidad pueda asomarse un molusco venenoso.
     
     Tengo miedo de no salir de la orilla y seguir siendo erosionado, que esas heridas sean más grandes que mi cuerpo y que mi alma contraiga y sufra una enfermedad incurable. Con mis ojos acuosos veo a los pájaros volar libres por el cielo y a las sombras de las fieras acecharse las unas a las otras, en un ritual tan antiguo como el amor y el odio, en la espesura de la selva. ¿Será que hace poco que he llorado, o que simplemente no puedo salir de mi cárcel arenosa y me disuelvo con el espíritu del Mundo?
     
     El cierzo levanta la arena y me dificulta la respiración, las olas si acaso me llegan al cuello. Parece que se acercan nubes de tormenta. Ya que he llegado a la isla... ¿por qué es tan difícil levantarse? ¿qué hace que no sienta mis brazos ni mis piernas? Yo antes me lamentaba pensando que los pájaros eran presos del cielo y los animales de sus instintos. Pero tras mucho navegar he caído en la cuenta de que eso no es así. Cada existencia goza de su libertad en la medida de su inteligencia. Quizá yo no necesite brazos y piernas para levantarme de la playa, ni tener que pensar en los pájaros y los animales. 

     Me gusta pensar que el Sol ayuda a la gente cuando no queda esperanza, porque con su luz alumbra un gran número de caminos. Es bonito pensar que algo así de fuerza a una gran parte del mundo. Yo no lo necesito. El Sol es los brazos y las piernas de la gente abandonada, pero yo ¿qué debo utilizar como miembros?  Venga, piensa un poco. El golpe en la cabeza te ha desconcentrado y ahora vives en un mundo que no es el tuyo. Antes sí lo era, te gustaba estar en ese círculo, pero ahora te da miedo y necesitas reconocerlo para salir de él y convertirlo en una zona positiva cuanto antes.
   
     Creo que noto algo, el tiempo y mi mente están empezando a cerrar las heridas y siento de nuevo el calor en mis brazos. Dentro de poco podré mover los dedos. El viento del norte reduce su fuerza y el Sol se suaviza. En otras islas a éste fenómeno lo llaman 'la calma que antecede a la tempestad'. Me duele la espalda de estar tumbado, quiero remediarlo ya. Recuerdo mi pasado y, ahora que lo pienso, es una tontería tener miedo a las cicatrices, porque ellas me han hecho fuerte. Y pienso también en mi casa, allá a lo lejos. ¡Por supuesto que echo de menos mi casa! pero no me hubiese gustado quedarme allí, el mundo es muy grande y hay muchas cosas por ver. 

     Ya llega la tormenta, pues se levanta el viento y el oleaje es más fuerte. Lo que ocasiona que las olas tarden más en volver. Ya he recuperado la movilidad. Siento el cuerpo en general tenso, pero es cuestión de sentimientos acostumbrarlo al movimiento para levantarme y echar a correr hacia esa selva tan jodidamente peligrosa. Una nueva ola me corta la respiración y toso malos momentos, pero me tranquilizo porque el mar se retira. En el cielo negro hay trozos azulados y parece que la tormenta amainará pronto. es mi oportunidad,  me levanto y consigo mantenerme en pie. Las olas ahora sólo me llegan a los tobillos. ¿De verdad son éstas las mismas olas que me estaban ahogando hace un momento? Resulta vergonzoso aceptar esa verdad, pero bueno... es norma entender mi anterior situación. Echo un poco de menos las otras islas, pero cada vez que viajo el barco éste se hunde, unas veces más cerca que otras de la costa, para aparecer en el puerto hacia la nueva travesía. Y siempre acabo llegando a la siguiente isla, siempre. El horizonte está tranquilo ya, así que me giro y observo cómo se alza ante mí una selva virgen y colosal, infinita. Sé que de esta isla saldré sin conocerla en su totalidad , y eso es lo que me gusta de este viaje.

     Da un poco de reparo pensar en todas esas bestias salvajes que llenan la isla y dificultan mi camino pero las ganas de pelear, sufrir con ellas y vencer son mucho mayores a ese miedo. Sé, desde que abandoné mi isla en un bote, que existe una meta, y como viajero, pirata o continuo náufrago, necesito alcanzar ese destino. Es un tesoro vital unido a un juramento inquebrantable con el Universo que no puedo permitirme perder. ''El espíritu es la espada y la experiencia es la piedra de afilar'', dice un viejo recopilatorio de cuentos. Tengo la espada lista y afilada como la lengua del Diablo. Allá vamos.

1 comentario:

  1. David, siga así. Escriba lo que realmente quiera aunque nadie lo quiera. No haga caso a los comentarios positivos ni negativos.

    Un saludo,

    ResponderEliminar