viernes, 21 de diciembre de 2012

Esperanzas del fin de una era.

     Dices que es difícil decir las cosas a la cara porque tienes miedo de la cruda verdad o la dulce mentira. Dices que es fácil creer en las cosas malas porque ahora no existen de otro tipo. Por muy lejos que estés intento mandarte un mensaje de apoyo, pues conozco el fondo de la botella demasiado bien. O el fondo de las venas, también le he dado algún trago que otro al corazón. No hay nada más duro que vivir en el pozo y no querer salir por comodidad y gusto al amargo beso helado. Al principio dijiste que yo era alguien con un cierto sentido del pensamiento, un hombre de acero que podía derretirse al sol a la mínima de cambio, y no te equivocabas.
     Yo también he tenido seco el corazón, he creído en el amor romántico y social, he probado la falsa felicidad. He creído morir, morir pensando por qué cojones llueve tan poco este abril y los silencios se hacen tan amargos. He odiado la desesperación de sentir emociones inefables o de conocer a alguien que quizá sea perfecto y no ser alguien objetivo.
     Pero ahora creo que hay otro punto de vista, ya sabes sabes, puede ser que exista otra existencia diferente a la concebida. ¿Qué puedes ver a lo lejos cuando se pone el sol sobre nuestras cabezas? Ésta historia no es como un soneto triste. Hay vida si hay ideales y revolución interior. Olvidemos nuestros miedos, lágrimas, oscuros abismos por los que trepan las bestias de la conciencia las banderas. En éste mundo ese es el pan de cada día: el futuro no existe y la suerte es llamada coincidencia. Quizá vivamos demasiado acomodados y no sepamos que nuestro hogar llega hasta donde alcanza la vista ¿O quizá sea la ciudad la que nos limita la vista, y nos hace infravalorar el mismo asfalto que pisamos? Recuerda que tienes derecho a ser libre siempre y cuando no empieces a pensar. No creo eso. Tampoco creo en un Dios eclesiástico, y si existe, que intente llevarse mi vida aquí y ahora, mientras lees mis palabras. por ahorá no ha aparecido.
     Quieren que sigas siendo un muñeco, que sigas cobrando el sueldo justo para seguir viviendo. Es fácil ser así. ¿O quizá sea la sociedad la que te ha hecho ver las cosas así de fáciles? Se avecinan tiempos de cambio, de revolución. Habrá muertos, habrá fuego, habrá dolor. Habrá tiempo para aprender. Sólo somos barro, muñecos que necesitan vivir las mentiras de unos y otros para aprender a cómo no hacer las cosas. Desespero cuando pienso en el nuevo mundo interior y, honestamente, agradezco el daño recibido, pues todo lo que ocurre obedece a las leyes de la causalidad. Dentro de unos cuantos años echaremos la vista atrás y veremos que todo el camino ya está andado, estos problemas que asustan a la vida y mantienen a la muerte a nuestras espaldas acaban siendo lección aprendida y papel mojado. He pasado una temporada de silencio sufrido como nunca antes he sentido. Miedo al dormir y al mundo tras la puerta. Esas calles jamás habían sido tan frías. Pero he aprendido que ese miedo no es necesario. Ahora se que hay que mantenerse alerta, pues nadie es dueño de su vida, sólo de sus acciones y decisiones, que la juventud no es sinónimo de invencibilidad física. Seguimos siendo la revolución más correcta que conozco.

     Y ahora mírate, ya sabes que no hace falta buscar excusas para estar mal. Me alegro de que puedas leer esto porque significa que tienes tiempo para pensar que quizá éste mundo no esté perdido.









 

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